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La carcajada de Tersites…Lo que no da Natura…

 

By: Ángel F. Acosta A.

 

 

Poner un libro en manos de un ignorante

es tan peligroso como poner una espada

                                                                                                en manos de un niño.

San Anselmo

 

Dice Antonio Muñoz Molina en uno de sus ensayos que: “Todos tenemos cierta habilidad para forjarnos pasados aceptables: a todos nos complace recordarnos lectores de Verne, de Stevenson e incluso de Salgari, y nos desprendemos de otros libros vulgares e inconfesables gracias a la simple tarea selectiva del olvido o a un instinto de snobismo, del que a veces no somos conscientes”. En efecto, conozco a bastantes personas o mejor dicho aspirantes a escritores que cuando hablan de su niñez lo hacen de una manera exagerada y novelesca: se recuerdan débiles, enfermizos y solitarios; confinados a sus habitaciones o a las enormes y oscuras bibliotecas familiares donde (según ellos) leyeron y comprendieron a los clásicos -hagan de cuenta la vida de Stevenson, Alfonso Reyes o Borges-. La verdad es que la mayoría de esas historias son falsas, pues cuando se escucha hablar a estos “literatos” se da uno cuenta que no han leído gran cosa, o que si lo han hecho no han entendido mucho. Esto por un lado, por el otro tenemos a aquellos “autores” que se ufanan de su gran inventiva, de su facilidad para escribir sin haber leído un libro completo en su vida.

Tengo un conocido que se asume como un extraordinario lector y un gran escritor, tal vez tenga razón -desde un punto de vista muy retorcido- en eso de que sea un gran escritor, por lo menos uno muy prolífico, ya que ha escrito miles y miles de cuartillas aunque de todas ellas difícilmente se pueda rescatar un sólo párrafo. En cuanto a que sea un extraordinario lector no hay duda que leyó muchos libros, entre los 19 y los 22 años, sin embargo, nunca ha comprendido lo que lee o todo lo interpreta de una manera errónea. Hemos comentado, un buen amigo y yo, que es muy posible que los dislates de nuestro conocido se deban a que tuvo una infancia y adolescencia sin reglas ni guía; a que durante esa época prácticamente no leyó nada y a cierta predisposición genética a la esquizofrenia. Suponemos que todo esto atrofió irreversiblemente sus estructuras mentales, por lo que nunca podrá leer con serenidad y provecho, ni escribir de forma clara y sencilla (que es la manera más difícil de hacerlo). Así pues, en mi conocido se cumple cabalmente aquello que decía Wordsworth: “el niño es padre del hombre”, o sea que todo lo que nos haya sucedido en la infancia: una vida familiar sana y amorosa o por el contrario una sórdida y violenta, los buenos o los malos ejemplos, etc., nos ha marcado hondamente; configurando en gran medida lo que somos o llegaremos a ser.

La anterior visión parece bastante fatalista, y aunque no comparto del todo la teoría del determinismo estoy más de acuerdo con ella, que con la peligrosa deformación gringa de la máxima romana: “querer es poder”, donde según los –mal llamados- americanos uno debe perseguir sus anhelos a toda costa, ya que la voluntad es la fuerza que lo vence todo. Esta visión del mundo es realmente nefasta pues incita a la gente a sacrificar cualquier cosa: familia, salud, cordura, etc., en pos de una quimera que el 99.99% de las veces no se cumple. Desgraciadamente esta postura ha influido fuertemente a nuestra sociedad en las últimas décadas. Y esto ha provocado que cada vez haya más gente amargada porque creen que tienen mala suerte, o que el mundo conspira en su contra para hacerlos fracasar. Personalmente conozco muchos casos de quienes han ignorado sus verdaderas aptitudes para dedicarse a actividades para las que no están hechos: escritores que no saben razonar, mucho menos escribir; pintores que no pueden dibujar ni la forma más elemental, estudiantes de canto que no se afinan, y ni siquiera tienen una buena voz…, y así podría continuar con innumerables ejemplos, pero no lo haré porque creo que los anteriores son suficientes.

Escudados en que todo es posible muchos jóvenes han renegado de sus tradiciones familiares, y han abandonado los oficios de sus ancestros: los hijos y nietos de carpinteros quieren ser diseñadores de videojuegos, los vástagos de comerciantes quieren ser filósofos, los descendientes de herreros (por varias generaciones) quieren ser políticos, etc. Ahora cualquiera pretende estudiar una licenciatura y una maestría, por lo menos, como si eso les fuese a resolver la existencia. Esta es sin duda una de las causas de que en nuestro país abunden los improvisados y malos trabajadores, que van desde los ayudantes de albañil hasta nuestros gobernantes. Ya decía Juan José Arreola, hace más de cuarenta años, que la universidad de masas era un auténtico fracaso porque se admitía en ella a cualquier hijo de vecina, sin comprobar que éste de verás tuviera las aptitudes necesarias para convertirse en un buen profesional, agregaba Arreola que se estaban descuidando las escuelas de artes y oficios, pero sobre todo que con la masificación de las universidades se estaban olvidando las actividades primarias -que aseguran la vida de una nación- como la agricultura y la ganadería en sus diferentes modalidades. El último juglar tenía razón, pues una gran parte de los alimentos que consumimos vienen del extranjero, el caso más dramático e irónico es el de las miles y miles de toneladas de maíz que México (“tierra de los hombres de maíz”) importa cada año de EE.UA, China y otros países.

Con lo anterior no quiero decir que la gente no debe estudiar ni tratar de superarse, al contrario, estoy convencido que la mejor manera de corregir o aminorar los defectos de natura es con un buena educación, o sea, una sólida cultura. Pero para esto debemos entender que nuestras decisiones, sobre todo las más importantes como la elección de una carrera deben estar sustentadas en la razón y en el conocimiento de nuestras posibilidades. No olvidemos aquello que decía el oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo”, y que se complementa con la otra máxima griega: “conoce tus límites”. De esta manera para elegir una carrera, un oficio o una forma de vida debemos estar conscientes de nuestras capacidades y limitaciones, y no dejarnos guiar únicamente por lo que nos dicten nuestros sueños. Ya que actuar a la ligera y sin meditar en las consecuencias de una decisión, es el camino más rápido y seguro hacia el fracaso y la amargura.

Hace poco un adolescente obnubilado me decía que yo era un “mata sueños”, porque había tratado de aconsejar de la mejor manera a algunos de sus compañeros en cuanto a los criterios que debían considerar para elegir una carrera. Él argumentaba que sabía de mucha gente que había seguido sus anhelos y había triunfado; todos los casos que me expuso eran de personajes literarios o cinematográficos, personajes nacidos de la imaginación no de “carne y hueso”. No me considero una persona mal intencionada ni un “mata sueños”, sino alguien realista, sensato y observador. Por eso, cuando alguien me cuenta sus tribulaciones (o algún plan descabellado) y me pide consejo, trato de darle un punto de vista objetivo, de hacerle ver –de la mejor manera- sus fallas y despropósitos. De no conseguirlo, después de exponerle mis opiniones con argumentos sólidos, no insisto más y me limito a sonreír mientras observo el nacimiento de una nueva tragedia doméstica.

La charla con ese joven –que por cierto, padece trastorno bipolar- me hizo recordar “El chico de la chabola”, película francesa, que cuenta parte de la infancia de un escritor de ascendencia árabe cuya familia provenía del norte de África. El filme narra la dura existencia de los inmigrantes árabes de la Francia de los años 60’s, sobre todo la de aquellos que habitaban en los cinturones de miseria. El retrato es bastante crudo, pero la historia del niño es muy alentadora –sin caer en el melodrama barato-, pues el pequeño tiene un espíritu sensible: es inteligente y le gusta leer, y al final esto será su salvación. En fin, esta película (basada en hechos reales) nos muestra, que superar una vida llena de carencias es posible siempre y cuando se tenga el talento y la perseverancia necesarios para lograrlo. Un caso similar, y más próximo a nosotros, es el del escritor mexicano Ricardo Garibay, que si no vivió entre la basura sí sufrió una niñez llena de privaciones, pero gracias a que se crió en una familia de sólidos principios, a su voluntad inquebrantable, pero sobre todo a sus innegables dotes literarias logró convertirse en el gran escritor que fue, que sigue siendo. Así pues, superarnos y mejorar nuestra situación es factible, siempre y cuando seamos conscientes de nuestra realidad, y basemos nuestras decisiones en la razón y no en sentimentalismos baratos o sueños de locos. No olvidemos aquel viejo dicho español: “Lo que no da Natura, ni Salamanca lo enseña”.

 

 

 

 

 

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