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Recuperando la utopía… Guerra sucia: sanar la herida

Escribe: Roberto Pantoja Arzola

Este 28 de junio, se cumplió un aniversario más de la matanza de Aguas Blancas, crimen de Estado en donde fueron acribillados de manera cruel e impune un grupo de campesinos dedicados al cultivo de café en Guerrero.
Para algunos, estos hechos forman parte todavía de la etapa de la historia de nuestro país que se le conoce como “Guerra Sucia”, misma que inició varias décadas antes con la matanza del 7 de julio de 1952, día posterior a la elecciones del 6 de julio, en la que se alzaria con una victoria manchada de sangre el candidato presidencial tricolor Miguel Alemán.
Las cifras de desaparecidos durante ese período de embestida del Estado mexicano en contra de disidentes no son claras y van desde los 374 señalados por la ONU, hasta los más de 500 documentados por el Comité Eureka.
Hace unos días, el Presidente Andrés Manuel López Obrador, instruyó la apertura de expedientes e instalaciones militares para dar paso al esclarecimiento este sanguinario periodo, así como de otras violaciones flagrantes a derechos humanos en épocas de gobiernos conservadores.
Estos años de persecución política, que tuvo su auge en la década de los 60 y para algunos historiadores fue llevada hasta a finales del siglo pasado, significó vejaciones hacia voces que exigían democracia y denunciaban los excesos del régimen priista.
En países del cono sur y Centroamérica, también se vivieron dictaduras feroces que masacraban y oprimían a sus opositores o los expulsaban al extranjero. En todos los casos se han instalado comisiones de la verdad que han sanado las heridas históricas de estas sociedades.
En contrasentido, México no ha abierto procesos claros de esclarecimiento legal e histórico de las responsabilidades de personajes que en su momento tenían cargos públicos sobre los que reacayeron decisiones u omisiones al respecto. En ese sentido, la decisión del Presidente podría ser un parteaguas que abra paso a sanar las aún dolorosas heridas del pasado.
El hecho de que México no haya podido castigar y acceder a la verdad de lo cometido por el Estado durante décadas, bien podría explicar la actual crisis social y de seguridad que se vive. La pérdida de la capacidad de asombro y la desvalorización de la vida, seguramente son cicatrices de una ensangrentada historia reciente de impunidad que sigue supurando flagelos.

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