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Y lo prometido es deuda: Artistas que se vendieron a la publicidad II

Staff

Vamos a evitar las condenas automáticas. Hacer publicidad no equivale a corromperse. Por ejemplo, los músicos, desde siempre, han mantenido alianzas con fabricantes de instrumentos, inicialmente por simples intercambios. Ya en 1818, la fábrica londinense Bronwood alardeaba de haber regalado un piano de cola a Ludwig van Beethoven.     Tampoco podemos caer en la hipocresía de moralizar sobre la publicidad desde un medio periodístico que vive parcialmente de los anunciantes (y totalmente, en el caso de la versión digital).

Además, conviene reconocer la posibilidad de realizar un trabajo creativo dentro de los parámetros de la misión encomendada, que consiste esencialmente en vender un producto y abrillantar una marca. Ahí está la miniatura que Frank Zappa realizó para las máquinas de afeitar Remington.

Un malentendido a deshacer: aunque Zappa se convirtiera en icono de la contracultura, no compartía esas ideas revolucionarias. ¡Para nada! Era un libertario en el sentido estadounidense de  esa ideología, alejada del anarquismo. Un libertario como Zappa pretendía la máxima tolerancia en el comportamiento personal (incluyendo libertad para experimentar con drogas, sexo etc) y la mínima interferencia del Estado (nada de regulaciones, antipatía por los impuestos bla bla bla). Su desprecio por la contracultura no estaba fingido: se hubiera reído de la idea de que un artista debería rechazar el encargo de una empresa extramusical, aunque fuera Remington, antaño fábrica de armas de fuego.

Pero incluso grupos identificados con el jipismo hardcore hicieron publicidad. En 1968, The Jefferson Airplane se apuntó a vender los vaqueros Levi Strauss. La compañía sacaba una línea de pantalones lavados con agua de mar, White Levis, y no costó conectar ese nombre con el gran éxito psicodélico del Aeroplano, White rabbit. Años más adelante, el grupo incorporó  esa experiencia publicitaria a su canon, al incluir los dos jingles en su recopilatorio 2400 Fulton Street-The CD Collection.

Con el tiempo, Grace Slick y compañía se hicieron más selectivos. Incluso se enfrentaron con su discográfica al detectar conexiones de RCA con la industria bélica (no tan evidentes como las de EMI, al otro lado del Atlántico).

Para la mayoría de los artistas, las objeciones a la publicidad siempre fueron más estéticas que ideológicas. Un constructor de su imagen como  David Bowie aceptó trabajar para el (entonces próspero) mercado japonés, al servicio de un sake casi místico.

Muchos años después, Lost in translation exploró la confusión de actores occidentales contratados en Japón. Durante un tiempo, para cantantes, se trató de una actividad vergonzante: hacemos para los japos algo que no nos permitimos en nuestro país.

Por su parte, Bowie siguió poniendo su imagen -lo correcto sería hablar en plural- al servicio de empresas generosas. Ni siquiera tenía que rodar: contaba con un extraordinario imitador profesional,David Brighton.

Menos digno fue el anuncio protagonizado por su colega Iggy Pop. Gran tipo, pero aquí reducido a la autoparodia. Para más inri, los paganinis eran Swiftcover, una aseguradora automovilística que rechazaba a los músicos como clientes. Cuando alguien destacó tal incoherencia, la empresa modificó sus criterios de admisión para abrirse a los rockeros. Gran avance, caramba: del “queremos el mundo  y lo queremos ahora” al “exigimos ser asegurados como otro profesional cualquiera”.

Y aunque parezca improbable, funcionó: Swiftcover  aumentó sus pólizas durante los tres años de emparejamiento con Iggy. Que no tiene una reputación tan inflamable como la de John Lydon, antes conocido como Johnny Roten. Son demasiados años burlándose del mundo, mientras vive de las rentas, resucitando a los Sex Pistols y más recientemente a PiL. En esa existencia de sanguijuela, dicho  sea con todo cariño, vender mantequilla tiene toda la lógica.

Llovieron las pedradas sobre Johnny, que ya había indignado a los fundamentalistas del punk apareciendo en un reality show. Pero, con el paso del tiempo, Lydon ha potenciado su papel de bufón. Lo mismo ocurre con Lee Scratch Perry, antaño productor revolucionario, ahora perfectamente cómodo como chiflado del Tercer Mundo con residencia en Suiza; así le prefiere la Guiness.

Así que parecen coincidir dos criterios al juzgar los anuncios de las estrellas. El primero: ¿realmente Fulanito necesitaba hacer un anuncio? Segundo: ¿ha salido algo imaginativo? A la primera pregunta, resulta evidente que Bob Dylan no tiene apuros económicos. Para la segunda, digamos que Bob se deja hacer. Apareció, como tantos otros, publicitando el iPod (foto superior).   Pero aquí –lo sabías ¿verdad?- preferimos su spot para la lencería de Victoria’s Secret.

Absurdo, cierto. Pero seamos serios: ¿quién se negaría a semejante plan? Unos días en Venecia, conviviendo con Adriana Lima y sus amigas. De paso, promocionas uno de tus temas. Y recibes un talón con siete dígitos. La vida es dura ¿eh?

Diferente asunto sería determinar lo que ocurre cuando una canción pasa a identificarse con un producto. Molesta, claro que molesta. Pero quizás deberíamos olvidarnos del concepto de “exclusividad” tan propio de la tribu del rock: cualquier canción memorable adquiere una vida inesperada más allá de sus años de relevancia cultural. Como un zombi, entonces sirve para otras funciones. Para situar cronológicamente películas y series, para acariciar el vergonzante músculo de la nostalgia y, sí, para vender vaqueros, cervezas u ordenadores. Para engrasar el sistema que nos engatusa, nos esclaviza y, desde luego, también nos proporciona pedacitos de felicidad.

Texto integro publicado por El País.

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