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¡¡Suelo!!

Para ti y tus malos pasos.

Por La Eriz

Hasta cierta edad, caerse es normal. De hecho, lo anormal es no presumir tus heridas de batalla: “mira, de cuando andaba en la bici”, “de cuando aprendí a patinar”, “cuando jugaba futbol”. Todos tenemos cicatrices, una rodilla sin cicatrices es una rodilla sin infancia…

Ya sé que piensas que caerse después de los veintes, es casi antinatural. Una no puede darse el lujo de andar por las calles corriendo y brincando. Debemos voltear hacia abajo, tener mucho cuidado dónde se pisa, bajar las escaleras con cuidado, porque caerse sería nuestra peor pesadilla: removería aquella vergüenza de adolescente, cuando por la torpeza de la edad, pisaste mal y lo que más te dolió fueron las risas de quienes estaban cerca (adolescentes, escandalosos también).

Por eso aprendiste a reírte de tus caídas, tus tropiezos, las torceduras que tan fácil disimulaste. Esas que un día dejaron de ser físicas para volverse menos visibles. Porque una no puede darse el lujo de soltar el alma para que ande corriendo y brincando. También ahí aprendiste a ser cautelosa. Cuerpo, mente y corazón coordinados paso a paso para recorrer todos los caminos. Despacito, sin ademanes exagerados. No fuera a ser que un día de estos, pises mal frente a otros. No fueran a aparecer, otra vez, las risas.

Pero hay días, en que te sueltas un poco. Nada pasa si te dejas llevar, piensas. Sales linda, reluciente, sonriendo. Tus pies andan ligeros, dando saltos. Subes, bajas, no tienes control. Es más, pareciera como si flotaras…

Entonces alguna vibra extraña te hace una mala jugada: un tacón, el hoyo que no viste, la banqueta rota, el escalón fantasma, la misma piedra. Los demonios de la secundaria se confabularon para pasar un buen rato a tus costillas, entonces escuchas (ya no sabes si adolorida o apenada) las misma risas de las que huyes. La diferencia es que ahora salen de ti: así se vuelven carcajadas.

Cualquier bailarín te dirá que es fundamental caer con gracia: doblando las rodillas y con la cabeza siempre arriba sin resistirse al suelo. Tu ademán puede variar desde un dramático desmayo aprendido en las películas clásicas, un sexy tropezón que demuestre nuestra capacidad para recuperar el equilibrio, hasta un movimiento de cabellera “huele mi shampoo” que la misma Angelina nos copiaría: mezcla de desdén con fragilidad.

Entonces, con la misma gracia, habrá que recuperar la compostura. Reacomodarse un poco, levantar aquello que tiramos en nuestra caída, volver a andar con cuidado, luego volver a alborotarse, pero seguir caminando. Porque “caerse es la consecuencia inevitable de caminar, y caminar ya es un milagro”.

Twitter: @LaEriz

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