Mexicano es ser no hacerse / By @indiehalda

Por Oscar Hernández

Oscar vive con su esposa, su biblioteca musical, su perro y su gato en el sur de la ciudad más guapachosa del hemisferio occidental.  Una extraña mezcla de hipster, Godinez, otaku y cargador de central de abastos, Oscar opina de casi todo, regularmente sólo para quejarse. A Oscar le gusta el post-rock, Haruki Murakami, los atardeceres, el Boing de tamarindo y -para su desgracia- todo lo que engorda, alcoholiza o es socialmente reprobable. Pero hey, se la pasa bastante bien. Su columna habla del acontecer económico, político, social y cultural del DF visto por un moreliano de corazón.
Oscar vive con su esposa, su biblioteca musical, su perro y su gato en el sur de la ciudad más guapachosa del hemisferio occidental. Una extraña mezcla de hipster, Godinez, otaku y cargador de central de abastos, Oscar opina de casi todo, regularmente sólo para quejarse.
A Oscar le gusta el post-rock, Haruki Murakami, los atardeceres, el Boing de tamarindo y -para su desgracia- todo lo que engorda, alcoholiza o es socialmente reprobable. Pero hey, se la pasa bastante bien. Su columna habla del acontecer económico, político, social y cultural del DF visto por un moreliano de corazón.

Se acerca la fecha del año en la que más se siente la “mexicaneidad” en las calles: esa abstracción que nos lleva a consumir pozole, tequila, banderitas, sombreros y trompetas al por mayor, donde todos somos charros o adelitas, cantamos con el mariachi y echamos balazos al aire.

La celebración de independencia es el cliché más generalizado del país: el desfile, las campanadas, la letanía del “Viva x, Viva y”, la euforia desmedida, el olvido momentáneo de la guerra, la crisis, el hambre y la sed, los jarritos y las cañas, los castillos de fuegos artificiales y los bigotazos falsos.

Tras casi 193 años como nación ¿Qué ha cambiado? ¿Qué persiste después de lavar la sangre, de curar las heridas? Si uno presta atención, en muchos sentidos seguimos siendo esos entusiastas sin idea que pelearon por una libertad que seguimos sin saber cómo ejercer correctamente.

Recuerdo una charla con mi padre de hace algunos años donde amargamente comparaba su juventud con la mía “En los 60’s se vivía de forma digna, feliz, sufrida pero humanamente. Hoy no hay humanidad en el día a día de la gente. Somos hienas haciéndonos pedazos por migajas: por tierra, poder, dinero o cualquier otra estupidez”. Mi temprana adultez concuerda con tristeza.

La pregunta es obligada: ¿se siente orgulloso de ser mexicano, de haber nacido en este país y compartirlo con sus vecinos?

A lo largo del tiempo, al menos desde que perdí todo entusiasmo por mi nacionalidad, he preguntado a no pocas personas lo mismo, con respuestas diametralmente opuestas: gente que ama y vive su nacionalidad, gente que en cualquier momento agarra sus cosas y se larga de este caos rampante. Polos opuestos de un país igualmente polarizado.

En lo personal no odio ni amo mi nacionalidad, simplemente me es indiferente. Acudo con desgano a cualquier celebración patria y veo con hastío las exacerbadas expresiones de un nacionalismo rancio y oportunista, patrioterismo le digo. Mi indiferencia surge de la incapacidad de este enorme motor tricolor de ponerse de acuerdo y marchar en conjunto, en calma, hacia un lugar.

Soy habitante de un país saqueado, humillado, abofeteado por su propia gente. Somos extraordinarios activistas, marchamos, gritamos consignas, pero es una tarea titánica hacernos levantar un dedo por nuestro prójimo.

Y usted me dirá “Pero eh, mira que cuando la gente cae en desgracia ayudamos, mira lo que hacemos cuando hay huracán o terremoto” señores, la mitad del país vive un huracán o un terremoto TODOS LOS DÍAS DE SU VIDA, y eso no activa en nosotros la compasión o la ayuda. Para el grueso de la nación es suficiente sobrevivir la tragedia diaria como para andar remediando tragedias ajenas.

Y en ese vaivén hemos malgastado décadas enteras, enamorados de la nostalgia, sumidos en el griterío estéril, cómodos en nuestra desgracia personal, con miedo a la trascendencia. El territorio nacional debe ser la zona de confort más grande del mundo, habitada por nada menos que 120 millones de connacionales.

No estamos tan mal, pero deberíamos estar mucho mejor. Y el problema no son las llanuras, los bosques, los desiertos o los mares. El problema somos nosotros, la apatía, el desgano.

Esta mañana en el auto rumbo al trabajo, pregunté a mi esposa sobre el estatus de su relación con su país. Me impresionó la brutal honestidad de su respuesta “Cuando estoy fuera de México siento muy bonito ver una bandera o que me reconozcan mexicana. Pero no siento nada estando aquí. No me siento orgullosa de ser mexicana, pero tampoco hago gran cosa para remediarlo. No se trata de poner sólo el granito de arena, sino de realmente entrarle al quite por este país”.

Esto no es una nueva idea, Octavio Paz dio una sutil regañada al compatriota en el Laberinto de la Soledad: “Tenemos que aprender a mirar cara a cara la realidad. Inventar, si es preciso, palabras nuevas e ideas nuevas para estas nuevas y extrañas realidades que nos han salido al paso. Pensar es el primer deber de la ‘inteligencia’. Y en ciertos casos, el único.”

La falta de esa ‘inteligencia’ es el mayor defecto de este pueblo.
Dejar de ser tanto corazón y empezar a ser más cerebro.
¿Viva México?
Vivo ya está, hace falta educarlo, nutrirlo, hacerlo mejor.
Para eso estamos nosotros: ser, no ser o hacernos mexicanos.
Decida usted, y decida pronto.

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