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Mambrú se fue al suburbio…

Instrucciones para sobrevivir a Guayangareo

 

En una carta al poeta Pere Gimferrer, Octavio Paz, agobiado por el ruido que  traspasaba los vidrios dobles de su departamento en Reforma, el calor de no abrir las ventanas y el polumo, la nata de polución y humo que, entre el lecho de los lagos desecados y el tráfico incesante recubre la ciudad, menciona algunas ciudades pequeñas, pero cómodas para aquel de ánimo cosmopolita que busque un sitio habitable, al menos en lo referente a su clima, arquitectura y tamaño.

Entre estas ciudades está, curiosamente, Morelia, alguna vez Valladolid y también alguna vez la Loma de Guayangareo. Ciudad de trazo renacentista y estampa jesuítica y tridentina, donde con el paso de los siglos quienes podían permitírselo veraneaban en el hoy polvoso bosque Cuauhtémoc, alguna vez barrio de indios, o daban largos paseos a lo que en estos tiempos son avenidas saturadas. Lo que queda de la ciudad original invita al ensueño: Una cuadrícula con remates visuales majestuosos, bien orientada. Lo que queda de lo que queda, no tanto: Pintas mal hechas, cornisas caídas, herrerías destrozadas, agregados monstruosos en tabique, casonas derribadas para construir estacionamientos.

Todas las ciudades crecen, no siempre con gracia. El pequeño núcleo colonial acabó rodeado por asentamientos bastante estratificados, encerrados por un periférico que, si bien nunca ha sido suficiente, por lo menos dio cierto abasto hasta que la obsesión clasemediera por el automóvil y la atroz mafia del transporte público, que según dicen está dirigida por alguien que sirve a cierta mafia de verdad, atascaron la ciudad de automóviles.

No es un proceso que haya sufrido exclusivamente el lugar en el que vivimos. Podríamos decir, incluso, que es la historia de casi todas las ciudades: Crecen y gradualmente disminuye la superficie habitable. Los centros se pauperizan, las colonias tradicionales se gentrifican (como la Chapu) o se godinizan (como Las Américas) y la gente comienza a alejarse de los núcleos urbanos, bajo el sueño eterno de nuestra burguesía a meses sin intereses que encuentra el paraíso en una casa propia, pésimamente construida y con la extensión de un gallinero, pero propia, donde se puede saber lo que hace el vecino sin mucho aguzar el oído o, peor aún, el olfato.

Quien no pueda pagar renta, que se joda y se vaya al suburbio, construido casi siempre sobre tierras ejidales compradas por cacahuates, al fin que ahí no importa mucho si el agua tiene más sal que mi existencia, los servicios se reducen a lo básico -incluso en urbanizaciones consideradas de estrato medio y medio alto- o la vida se va en recorrer la distancia justa de la vida al trabajo, no dejando tiempo más que para dormir y reventar. También están, no lo niego, aquellos que salen de la ciudad tradicional buscando seguridad y tranquilidad, pero los problemas que acaban atravesando y el impacto que tienen sobre la ecología es exactamente el mismo.

A fin de cuentas, la distancia del refugio suburbano es lo de menos: La otra mitad del sueño aspiracional es un vehículo también propio, no importa que al medio ambiente se lo lleve al carajo, que vialidades construidas para llegar a un hospital se saturen en tiempos de la feria del pueblo o que el aire acabe an negro como pulmón de fumador (por cierto, antes de cualquier queja, me gusta fumar).

No importan los árboles, sino el concreto. Tampoco que las empresas hayan fraccionado de manera visiblemente irregular sobre terrenos robados a una reserva forestal, previo misterioso incendio, y acaben parasitando los recursos de las comunidades previamente establecidas. Morelia no necesita bosques y humedales, sino a Altozano y Tres Marías. Total, quien quiera ver algo verde, que salga a jugar golf (¿existirá deporte más tedioso?). Y el agua ya se vende embotellada, entre más cara mejor, porque entre más alto sea su precio más ligerita nos sabe y más nos purifica.

Ya lo dijo Ronald Reagan, los árboles contaminan. Los satanazos (quien guste entender un poco más del término puede buscar el blog Satanismy lord, de Paco Fox, con todo y glosario), ya sean casitas en serie o torres de cristal y hormigón, no. Y son más útiles. No se necesita una reserva forestal cuando puedes subirte al auto que terminarás de pagar en 10 años y darte una vuelta por el centro comercial más cercano. La dignidad, como siempre, es lo de menos.

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