En loco tidiano… Chavorrucos aferrafter.

 

By: Rosío Morelos

No pude ver en el desfile de las horas,

Que el tiempo no hace más que hurtarme privilegios

David Aguilar.

A todos nos llega un punto en la vida (si sobrevivimos lo suficiente) en el que al mirarnos críticamente al espejo nos toca aceptar que ya estamos “rucos” y que aunque muchas veces sigamos aferrados a querer mantener el mismo estilo de vida que en nuestros “veintes”, a veces ya no es posible.

Así, un día te despiertas dándote cuenta de que ya no puedes salir a beber con los amigos más de una vez por semana, sobre todo por el miedo a sufrir las serias consecuencias de la resaca, que pasa de presentarse como leves molestias las primeras horas del día siguiente en los años de juventud, a ser, a mediados de los treinta, un cuadro que da la clara impresión de que una aspiradora estuvo succionando tu “elixir vital”, (que además se mantiene así de deplorable por dos o incluso tres días).

Pero aunque al cargar con nuestra humanidad percibimos una serie de cambios, signos inequívocos de nuestro declive (la presencia cada vez más abundante de canas, la escasez de cabello, la disminución de rendimiento en nuestras actividades físicas, la gordura, etc.), seguimos empecinados en no “darnos de baja” en la medida de lo posible.

Para los “chavorrucos” (que por cierto aceptan el término con bastante orgullo) existe la certeza de que todavía se puede seguir siendo “joven” aunque sea en espíritu. No hay razón para no estar “al último grito de la moda” (frase que cabe decir, ya no usan las nuevas generaciones) y por ello es común ver “chavos” para nada chavos luciendo todavía esas camisas estampadas, con sus pantalones entubados, sus tenis y sus gorras. Por eso vemos todavía señoras “hechas y derechas” propinar una cara de horror cuando alguien las llama efectivamente “señora”, porque pareciera que ahora lo correcto es llamarlas “señoritas” (no importa si la “señorita” tiene casi cuarenta y va acompañada de quien a los ojos del mundo la convierte en señora).

El afán por mantener una imagen “fresca” no es solo estético. Abrazar la inmadurez es otra de las cosas que distingue en general a los chavorrucos. Así por ejemplo es de lo más normal ver a una mujer con un porta celular de unicornio de un color fluorescente y con brillitos (que podría parecer que le robó a la hija que lleva de la mano), o incluso darle like a post de individuos que presumen la relación sentimental que tienen con “sus enchiladas” o algún otro platillo u objeto de su preferencia a falta de pareja que los aguante.

Pero aunque quizás generaciones más jóvenes o más viejas vean con cierta ridiculez las actitudes de los “chavorrucos”, lo cierto es que es una generación que no tiene tapujos en manifestar sus usos y costumbres y en abrirse camino.

Qué importa si a la mitad de su expectativa de vida reside todavía con los papás,  si se regresó al punto de partida, o si todavía no se tiene la menor idea de qué hacer con su humanidad, siempre podrán presumir, que a sus más de treinta, todavía en alguna buena ocasión llegan a “cerrar los bares”, o que de vez en cuando pueden incluso juntarse con los amigos de antaño a beber desde las once y treinta de la mañana, (como si esto representara una hazaña), para hablar de lo emblemático del número 33, para recordar la anécdota del amigo al que persiguieron las abejas buscando una nota, o de la vez que en su temprana infancia, su árbol favorito les dio una pista inequívoca de la dirección que tomaría su destino. Quizás a falta de un futuro promisorio a veces lo único que se tiene es precisamente esa nostalgia, esa necedad de retener “los buenos tiempos” en los que todo era más fácil, y perseguir a como dé lugar el “aferrafter”.

Luz Rosío Morelos. Egresada de letras, distraída de oficio, afecta a no dar explicaciones.

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