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By: Ángel Fernando Acosta Alonso

Vivimos en un mundo frenético y globalizado que día a día se reinventa, que reniega de la historia, de la educación moral y las tradiciones, por considerar que son cosas caducas o meros atavismos que frenan el progreso.

Buena parte de nuestro tiempo lo pasamos viendo la pantalla de nuestros teléfonos inteligentes, computadoras, televisores y demás dispositivos electrónicos; navegando en la web y sobre todo en las redes sociales, donde el fingimiento y la superficialidad son la regla. En ese mundo virtual y engañoso todos somos guapos, sensibles, cultos, inteligentes, exitosos y solidarios con las grandes causas humanas, con el sufrimiento de los desconocidos: nos conmovemos ante las guerras, los desastres naturales, la hambruna, el terrorismo, las enfermedades, el racismo, la discriminación, etc. Pero en la realidad cotidiana somos incapaces de sentir empatía por nuestro prójimo, de condolernos por sus padecimientos y problemas, de brindarle -siquiera- una frase de aliento.

El progreso y la tecnología nos han hecho la vida mucho más fácil y cómoda, nos han brindado vacunas, tratamientos y curas contra enfermedades terribles. Prolongado así nuestra esperanza de vida, aunque, tristemente, esos adelantos no estén al alcance de la gran mayoría. Gracias a la red tenemos a nuestra disposición milenios de historia y conocimiento; casi toda la ciencia, la literatura y el arte están, literalmente, en nuestras manos. Internet es y será uno de los grandes inventos de la humanidad, sin embargo, es -en potencia- uno de los males de nuestro tiempo, no por sí mismo, sino por el abuso y el mal uso que se le da. El exceso de información es casi tan perjudicial como la falta de ella. Si una persona carece de una buena formación intelectual, de un acervo cultural aceptable, de  un pensamiento racional y crítico, y de una buena dosis de escepticismo, difícilmente podrá discernir entre la información veraz y la falsa. De esta manera se cae en la desinformación, que cuando es generalizada y constante puede provocar caos y conflictos sociales que podrían generar, a su vez, grandes disturbios e incluso guerras civiles. Al final, los poderosos y los oportunistas son los únicos que resultan beneficiados por la inestabilidad social.

La educación no es, como se ha venido repitiendo por muchísimos años, la solución a todos los males, pero sí es la mejor, tal vez, la única opción que tienen los menos favorecidos para trascender una vida de carencias y mejorar su situación económica y social. Una buena educación, junto a una economía sólida y justa pueden contribuir de forma decisiva a que se recomponga el tejido social de nuestro país, a superar esta crisis de valores en la que nos encontramos inmersos, misma que ha provocado una escalada de violencia y criminalidad tremenda, así como una apatía generalizada en todos los estratos sociales. La educación, sin ser la panacea, es la respuesta más viable para tratar de reducir las enormes desigualdades que hay entre una minoría privilegiada y la enorme cantidad de personas que viven sumidas en la miseria. Sólo cuando tengamos una población educada, informada y crítica podremos aspirar, verdaderamente, a cambiar y mejorar este sistema fallido donde impera la injusticia, la desigualdad, la pobreza y la corrupción.

Ejemplo de todo lo anterior es la manera indiscriminada e irresponsable con que se inventan, publican y comparten todo tipo de noticias falsas y chismes, desde las vidas ficticias de los famosos hasta “los milagros” que les cuelgan a los políticos de moda, pasando por las curas prodigiosas y los productos mágicos para adelgazar… Rara vez se lee el texto completo sobre alguna noticia o tema de interés, a lo que más llega el usuario promedio de las redes sociales es a ver la imagen principal y leer el encabezado de una nota. Una gran mayoría se deja llevar porque algo se volvió viral, y simplemente comparten sin informarse ni verificar que lo que se dice es cierto o si se trata de una investigación seria y bien documentada.

Parece ser que vivimos en una época de oscurantismo, superstición e ignorancia; donde prevalece la estulticia y la inmediatez. Abundan los vividores, charlatanes, merolicos y engañabobos que venden la solución para todos los problemas e infinidad de recetas o cursos para alcanzar -sin esfuerzo- la salud, la belleza, la fortuna y el éxito. Como dijo don Urso Silva: “Es el final de los tiempos”.

 

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