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La Carcajada de Tersites…El nombre y la cosa I (algunos apuntes sobre los apodos)

Por Ángel Fernando Acosta Alonso                     

ángel

 

Hay actividades del quehacer humano en las que resulta casi obligado tener un apodo. Tal es el caso del boxeo –profesional o amateur- y de la lucha libre en todas sus modalidades. Hasta donde tengo noticia en ambos deportes (o profesiones) quien no tiene un mote, por insulso que sea, está condenado al fracaso y al olvido. En la historia de estas disciplinas han habido muy pocos que tuvieron éxito al actuar con su propio nombre. En cambio, si tienen un apodo o epíteto que sea bueno -sonoro, exótico y fácil de recordar- ya tienen andada la mitad del camino. Ustedes pensarán, atentos lectores, que en los deportes o en cualquier actividad humana poco importa tener o no un sobrenombre, que lo importante es el oficio, el entrenamiento, la práctica, el esfuerzo y las cualidades propias; en estos casos la fuerza, la resistencia, la velocidad, la agilidad y el dominio de la técnica. Tienen razón, pero sólo parcialmente porque sucede que la lucha libre y el boxeo más que deportes son espectáculos y como tales deben resultar redituables, económicamente hablando, para quienes invierten pequeñas fortunas en su producción y realización. Así pues, estos eventos dependen, fundamentalmente, de los aficionados y fanáticos. Si el público no se identifica con un luchador o boxeador, si no se vuelve su fan no pagará un boleto (caro o barato) para ver el espectáculo. Por consiguiente los promotores y empresarios no obtendrán las ganancias esperadas. Así que, por regla, los patrones dejan de apoyar a los boxeadores y luchadores que son menos rentables, no importa que dichos atletas realicen su trabajo de la mejor manera. Y buscarán un mejor prospecto que acarree más espectadores y que por tanto les llene los bolsillos.

 

Creo que otra razón por la que los luchadores y boxeadores necesitan un sobrenombre, por malo que sea, es porque el boxeo y la lucha libre son herederos del teatro griego y del circo romano. Me explico, hace tiempo un buen amigo me leyó un pasaje del libro Impresiones Personales de Isaiah Berlin, donde el autor habla de una visita que hizo a la URSS y del asombro que le causó al asistir al teatro y ver que la puesta en escena desencadenaba, en demasía, las emociones de los espectadores. A raíz de esta impresión, plantea la hipótesis de que algo similar pasaba en las representaciones de las tragedias griegas y de las obras de Shakespeare. Que la gente no iba a ver a fulano de tal haciendo de Edipo, sino a Edipo mismo; la gente no quería ver a un actor profesional interpretando a Hamlet quería ver a Hamlet. La gente necesitaba sentir el Pathos de las obras para alcanzar la catarsis. Algo parecido sucedía con el circo romano. Sí, el pueblo asistía al Coliseo de  Roma y a las demás arenas gladiatorias porque solían regalar  vino y comida, pero sobre todo para presenciar “la fiesta de la sangre”: la gente iba a ver a los hombres matar a otros hombres, a las bestias luchar contra otras bestias, iba a ver combatir, hasta las últimas consecuencias, a los hombres con los animales… Pero no querían ver a simples hombres o a gladiadores genéricos querían ver a Lucius, La Bestia Gala, a Petrus, El Gigante de Cartago, a Carpóforo, El Matador de Bestias, a Publius Ostorius, El Invencible, etc. Necesitaban identificarse con los combatientes, imaginar que ellos también estaban en la arena jugándose la vida o que gracias a su apoyo y sus gritos podían inclinar la balanza de la muerte hacia el lado que ellos quisieran. Iban al circo no sólo por “el pan y la sangre” sino a liberarse por algunas horas de su miserable vida, de sí mismos.

Así pues, el box y la lucha libre como choznos del teatro griego y del circo romano necesitan “conmover” a los espectadores, “liberarlos” de sí mismos, procurar que alcancen la catarsis. Que se olviden por unas horas o una noche de sus sueños frustrados, de los jefes negreros, de sus parejas lunáticas, de la hipoteca, de los aboneros de Elektra, de los trámites engorrosos, de las largas filas, de los problemas sociales, de las colegiaturas de los hijos, de las declaraciones al SAT, de la TESIS… Uno de los trucos para lograr ese cometido radica en que los “nombres” de los contendientes, sean muy significativos, que representen conceptos que el espectador entienda y con los cuales se identifique. La mayoría sabe que, en gran medida, el boxeo y la lucha libre son representaciones teatrales (en especial la segunda) y que quienes participan en ellas son, por lo tanto, actores profesionales, sin olvidar que en el box -a pesar de las reglas y los combates arreglados- ha habido muchos muertos sobre el ring. Sin embargo, la mayoría de los aficionados, cuando se encuentran en la arena, olvidan que estos combates son una farsa y se dejan llevar por las emociones, hasta llegar a desenlaces imprevistos: cuentan que el 15 de noviembre de 1996, el cambio de bando (de técnico a rudo) que hizo El Hijo del Santo en una lucha provocó un auténtico pandemonium, donde los fans poseídos por las erinias y la adrenalina destrozaron el ring y las gradas de la arena, todo esto en medio de terribles reyertas. Dicen que los luchadores, por su propia seguridad, tuvieron que huir del lugar.

 

Pero volvamos a los apodos. Rodolfo Guzmán Huerta “El Santo”, comenzó su carrera luchística a mediados de los años 30 con el nombre de Rudy Guzmán, después fue “El Hombre Rojo”, “El Enmascarado”, “El Incógnito”, “El Demonio Negro” y “El murciélago II”, a pesar de su excelente condición física y sus innegables dotes para el pancracio no lograba que le dieran luchas importantes. Es hasta el año de 1942 que don Jesús Lomelí lo invita a un nuevo equipo de luchadores y le sugiere que se cambie de nombre, dándole tres opciones: “El Santo”, “El Diablo” o “El Ángel”. Rodolfo Guzmán escogió el primero, el resto, como suele decirse, es historia. Algo similar le pasó a Blue Demon, cuyo nombre real era Alejandro Muñoz, y en sus inicios como luchador se hacía llamar “El Manotas” o “El Tosco”, y otros nombres por el estilo (apodos que le van muy bien a un albañil, con perdón de los albañiles, pero no a un luchador profesional). El éxito le llega cuando adopta el nombre de “Blue Demon”, que lo convertiría en un icono de la cultura popular mexicana. Algo parecido les ha pasado a casi todos los luchadores y boxeadores que marcaron época. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que en la lucha libre y el boxeo el éxito o el fracaso dependen, además de la habilidad y la fortuna, en buena  medida de un buen “nombre” o apodo.

 

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