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La Carcajada de Tersites… Funes o de la memoria.

By: Ángel Fernando Acosta

ángel

No hay continente ni biblioteca ni bosque más
fértil que la memoria de un solo ser humano,
no hay tesoro más valioso ni más frágil:
la muerte de alguien es siempre una catástrofe
tan irreparable para el conocimiento como el
incendio de la Biblioteca de Alejandría.
Antonio Muñoz Molina.

¿Quién era realmente Jorge Luis Borges? Acaso el joven poeta, que le cantaba a Buenos Aires con versos que se debatían entre lo cursi y lo compadrito; tal vez, el precoz escritor que exaltaba la argentinidad con un lenguaje de malevo; quizás el sabio y cordial conferencista; o el conversador ameno, colmado de anécdotas mentirosas pero siempre verosímiles. Será acaso el maduro e incisivo ensayista. Mejor aún, el gran narrador, el de las páginas inmortales, el de “la vida más entregada a leer que a vivir”, el de la particular sintaxis y la erudición enciclopédica, el de la fría y matemática inteligencia, el de la engañosa elucubración, el de la lucidez que enceguece, el del adjetivo moroso y preciso… Decir esto es decir nada, es incurrir en tautologías, es ahondar en el lugar común.

No importa qué oscuras motivaciones condujeran a Borges a convertirse en el gran escritor que fue, que sigue siendo. En verdad es irrelevante que Yoryi haya anhelado, íntima y abiertamente, haber sido un guapo o un compadrito de alto chambergo, mirada fiera y voz acompasada, con una “cicatriz rencorosa” cruzándole el rostro y en la cintura un afilado facón, presto a teñirse de sangre al menor desafío. Es cierto que más de una vez se vio a sí mismo como Martín Fierro, o Tadeo Isidoro Cruz, como el consejero Kuronosuké, e incluso como Billy the Kid. También es cierto que a Jorge Luis Borges le habría gustado vivir la vida de Marco Polo, de Li Tai Po, de Hernán Cortés, de Bernal Díaz, de Villón, de Hemingway, de Blaise Cendrars, y otros pocos elegidos que como ellos vivieron al límite: entre violencias y lupanares, entre el hambre y el hartazgo, entre la guerra y el sosiego… Sin embargo, la hazaña más grande de estos aventureros, no fue haber vivido cada instante como si fuese el último, sino haber escrito algunas de las mejores y más bellas páginas de la literatura de todos los tiempos.
Pero cuando se vive la vida desde y por la literatura, lo demás sale sobrando, cuando “…hallar al fin el estilo es empezar a ser para los demás, es ser ya los demás, es ser ya nunca más. Y sólo entonces podrá decirse sin misterio, sin remedio a la amargura diaria eso terrible que pone Borges en la página 108 de su Hacedor: ´Yo que tantos he sido, no he sido nunca aquel en cuyo brazo desfallecía Matilde Urbach.´” (Garibay, Tomo VI: Memoria Uno, Obras Reunidas, p.150.)

Así pues, decir Borges es decir su lenguaje, su estilo, su literatura, La Literatura. Yo por mi parte sé, que es poco menos que imposible decir algo que no se haya dicho ya sobre “El Homero argentino”. Por tal motivo me limitaré a referir cómo he terminado por llevar una vida paralela a una de sus creaturas. Antes de acometer este trabajo, debo decir que: “mi memoria es tan débil, como sólida la de Funes”. Me explico; supongamos que hoy leo una novela, cualquier novela. Mañana, es casi seguro que sólo recordaré el título de la obra, algún dato extraño, y el nombre de alguno de los personajes, por ejemplo: no hace mucho leí una novelita llamada “Los hombres rudos (o duros, no recuerdo bien) no bailan” de Norman Mailer, y de la cual únicamente me acuerdo que los hechos se desarrollaban en un pueblecito del medio-oeste gringo, en uno de los llamados “estados maiceros”; que en el relato aparecía un personaje apodado Spider, que no sé si era bueno o malo, empleando aquí una categorización muy nuestra, sin embargo, lo imagino moreno, velludo, y de ojos saltones; además que en dicho poblado había una torre muy alta. Esto me trae a la memoria, una película mexicana de la década de los 50’s, protagonizada por Don Germán Valdés “Tin-Tan”, en donde, por azares de la fortuna y para ganar algún dinero, éste se improvisa hombre-mosca y trepa a la torre de una iglesia. Sobra decir que cumple su cometido y como siempre se queda con la muchacha. Otro ejemplo de mis frecuentes olvidos es, que cuando me aventuro a recitar algunos versos consagrados termino por fusionar la poesía con la narrativa: “…Eran como dos gotas de agua//como una sola sombra larga//como hermano y hermana tomados de la mano…”, esto por decir lo menos. Suele sucederme que me presenten a alguna persona, que ésta me diga su nombre, sin embargo, a los pocos minutos lo habré olvidado irremediablemente. Asimismo, es ordinario que durante alguna agradable plática, en medio de una oración, olvide que es lo que estaba diciendo; en estos casos intento disimular mi calidad de olvidadizo con algún comentario que intenta ser gracioso, pero, que no es más que una torpe cortina de humo. Y así podría continuar durante muchas páginas, mas descuiden que no lo haré.
Basta de digresiones e interpolaciones chabacanas, y vayamos al grano. Es cierto que mi mala memoria, es algo que únicamente debe importarme a mí. Y que de ninguna manera es un tema digno de la literatura. Sin embargo, y a pesar de todo, creo que mi vida y la de uno de los personajes de Borges han terminado por relacionarse intrínsecamente. A continuación lo explico.

Para empezar debo exponer una serie de posibles causas para mis frecuentes lapsus:

1.- Que padezca de una variante de Alzheimer y que se manifieste prematuramente.
2.- Que haya sufrido alguna lesión cerebral que inhiba mi memoria.
3.- Que sea víctima de alguna maldición divina por haber jurado el nombre de Dios en vano.
4.- Que por alguna extraña razón toda el agua que bebo provenga del Leteo.
5.- Que Funes el memorioso es un ser de carne y hueso. Que en verdad existe y su existencia afecta mi memoria.

Al momento que esto escribo he descartado cuatro de las cinco posibles causas de mi amnesia. Las primeras dos, porque la semana pasada me hice examinar de un distinguido neurocirujano, el Dr. Goggins Beltenebros, quien ha descartado que mi problema se deba a algún traumatismo o degeneración progresiva propias de los olvidadizos, además el Dr. Gog me ha asegurado que poseo una mente joven y con una gran capacidad imaginativa. La tercera opción apenas la contemplé unos días, ya que convivo con grandes blasfemos que pese a sus constantes sacrilegios poseen una memoria privilegiada. La cuarta me parece más bien absurda no por que raye en lo esotérico -pues conozco a un honrado comerciante que se dedica al tráfico inter-dimensional de productos varios- sino porque resultaría muy oneroso y por tanto insostenible, que alguien me proveyese de las grandes cantidades de “líquido amnésico”, necesarias para borrar mi memoria. Porque según lo que me explicó el mercader; los viajes de aquí para allá y viceversa, sólo se pueden realizar una vez cada luna llena y únicamente transportando objetos o materia de menos de 20 gramos de peso y esto resulta muy caro. Además, hasta donde sé no tengo grandes enemigos ni conozco ningún terrible secreto, por consiguiente ¿Quién se tomaría tantas molestias para borrar mi memoria, y qué beneficios obtendría?
De ésta manera la única causa posible que queda en pie y que podría explicar mi mala memoria es la última de mi listado. Estoy seguro que Funes el memorioso existe, no sé si surgido de la imaginación de Borges o éste sólo se limitó a describir un ser ya existente, en cuyo caso su origen sería otro misterio. De cualquier forma su excepcional memoria no nació de la nada, y creo que obedece a una de las leyes que rigen el universo; esta es “La Ley de la Compensación Universal” que no enuncia otra cosa que: “El universo siempre tiende al equilibrio”, nada tan simple y a la vez tan complejo. Partiendo de este supuesto, si en el universo (en cualquier parte de este) existe un ser de una memoria tan prodigiosa como la de Ireneo Funes, ergo debe existir su contraparte o por lo menos un mecanismo que equilibre las fuerzas antagónicas: memoria/olvido. Y aquí es donde mi amnesia se vuelve relevante; ya que voluntaria o involuntariamente participo de esta broma macabra que me ha deparado el destino o algún dios burlón. Confieso, que cuando descubrí la extraña relación entre mi frágil memoria y la portentosa de Funes, maldije al “Homero argentino” por haberlo creado. Pero ahora que ha pasado el tiempo y mi ánimo se ha serenado comprendo que si no lo hubiese imaginado o descrito él, lo habría hecho cualquier otro. Simple y sencillamente Funes debía existir.

Hasta hoy he intentado de todo para que mi memoria mejore: acupuntura, musicoterapia, magnetoterapia, limpias, rituales satánicos, yoga, ejercicios mnemotécnicos, sacrificios humanos, hidroterapia…, y cuanta cura milagrosa existe. Nada ha funcionado. Lo único que me queda es esperar a que mi suerte cambie, que se invierta el equilibrio entre la dicotomía memoria/olvido, y que en esta inversión yo resulte beneficiado. Mientras tanto, trataré de encontrar más respuestas en la relectura de “Funes el memorioso” y en la lectura cuidadosa de las obras completas de Jorge Luis Borges.

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