JournalRebel…La productividad.

Lo que he aprendido en los últimos años en este sistema educativo no ha sido, valga la redundancia, a aprender. Si algo tengo de autodidacta en mí lo saqué de otro lado.

By: Itzia Ramos

De niña solía ser muy libre. Sí, me gustaba estudiar, cumplir con mis trabajos, todo eso. Pero también tenía varios pasatiempos: cosas que hacía por el simple hecho de que me gustaba hacerlas, con el único propósito de darme felicidad.

Al crecer, sin embargo, me topé con la excelencia, la disciplina, el éxito. La teoría de las diez mil horas y la creencia de que el trabajo duro me daría cualquier cosa. Me pasé mi primer año de secundaria haciendo tres horas y media de tarea a diario; era la chica que hacía los márgenes con regla y los títulos de otro color, aunque valieran el cinco por ciento de calificación. Puse las materias más difíciles como prioridad sin que me interesaran en lo absoluto, y lo seguí haciendo incluso después de haber encontrado mi vocación, sabiendo que no las usaría tanto como para necesitar un 10.

Esto me trajo buenas calificaciones, un entendimiento básico de álgebra y química orgánica, disciplina y ser una buena contrincante en los juegos de trivia. Pero pregúntame cuánto de ello me hizo feliz: pues nada.

Me considero una persona creativa. Me llena aprender, encontrar retos y solucionarlos de diferentes maneras, expresarme en canción, en papel, en código o en lo que me encuentre, me tome el tiempo que me tome. Pero debo admitir que caí redondita en creer que eso sería capital desperdiciado si no le ponía un precio, y para ponerle un precio debía ser la mejor, porque este es un mercado saturado. Y para ser la mejor… tienes que trabajar como si en ello se te fuera el alma. ¿Y dónde me enseñaron a hacer eso? pues en la escuela.

Lo que he aprendido en los últimos años en este sistema educativo no ha sido, valga la redundancia, a aprender. Si algo tengo de autodidacta en mí lo saqué de otro lado. No, lo que yo domino hoy son técnicas de memorización, cómo saber por lógica qué respuesta de la pregunta de opción múltiple es la correcta, etcétera etcétera. Aprendes lo que el sistema quiere, se lo das, y ya.

Lo peor no fue eso. Lo peor fue que creí que así era como debían ser las cosas. Me da vergüenza recordarme diciendo “no, es que si no nos dejan tanto trabajo, nos vamos a volver flojos y no vamos a lograr nada” o “nuestros jefes van a ser así de exigentes y quejarnos no va a resolver nada, mejor ponte a trabajar”.

Mi secundaria y mi primer año de preparatoria los pasé en un ambiente sin consideración hacia la salud, específicamente la mental. El mensaje era claro: debíamos trabajar costara lo que costara. Nos bombardearon con mensajes sobre cómo no cualquiera podía hacer tanto, que éramos especiales por sacrificar nuestra estabilidad emocional por tener un diez, y que esa “habilidad” nos sería útil en la vida. Miré a mi alrededor y me di cuenta que, sí, efectivamente así funcionaba el mundo. Pero nunca me paré a preguntarme si era lo correcto.

En nuestro sistema económico, nuestra obligación es ser productivos, y desde pequeños somos bombardeados con la consigna de que en ello recae nuestro valor: ¿cuánto puedes hacer? ¿cuánto capital puedes generar? Deseamos ganar mucho dinero para comprar muchas cosas, y sólo entonces seremos exitosos… ese éxito, claro, se traduce en felicidad. Lo que se nos deja muy claro es que es como una carrera, donde todos comenzamos iguales, y el que no llegue al final es porque no quiso. O no se esforzó lo suficiente. Ganar es una decisión personal.

Cuando entré a estos ambientes escolares (que cabe aclarar, eran del sector privado), me encontré con que muchas personas a mi alrededor de verdad creían que el pobre era pobre porque quería: por eso ellos se pasaban todo el tiempo estudiando. Que se destrozaban cuando sacaban un ocho. Que en temporada de exámenes dormían tres. horas. al día. (estoy hablando de jóvenes de quince años). Que no tenían pasatiempos porque no había tiempo qué pasar.

A su tiempo, me fui. Podría decir que salí bien librada, pero estaría dejando muchas cosas fuera. Exigirme ser “siempre mejor” tuvo un efecto negativo en mi salud mental y en mi autopercepción con el que aún estoy lidiando. Hiciera lo que hiciera, nada era suficiente, y esa mentalidad me fue aplaudida innumerables veces.

Temo que esto es algo muy común. Y en tiempos como esta cuarentena, que nos obliga a parar, puede nacer confrontación. ¿Quiénes somos si no estamos produciendo? ¿Valemos lo mismo? (Sí, sí lo hacemos.)

Propongo, como hice en mi columna anterior, que si disponemos de este tiempo lo usemos para hacer algo para nosotros. Si es retomar el ejercicio, está bien. Si es hundirse en el sillón todo el fin de semana a ver muchas películas, también está bien. No necesitamos estar siempre produciendo hasta que nos carcoma: también debemos vivir. Y hace bien recordarlo de vez en cuando.

Itzia Ramos, estudiante de preparatoria. Ferviente defensora de la libertad y de los tacos al pastor con piña. Escribe poesía en su tiempo libre.

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