JournalRebel…El Día Que Todo Se Desmoronó.

El chiste es tratar la vida como una incertidumbre, el escalón que en cualquier momento se podría caer y nosotros con él. Pero eso es muy incómodo, ¿no?

By: Itzia Ramos

El miedo ha residido en mi estómago ya hace tiempo, obligándome a enfrentar las pocas certezas verdaderas, ninguna la que me gustaría tener. Es difícil mirar directo al cañón y aceptar que existe la posibilidad de que se dispare, pero tal vez sea la única forma para entender.

Cuando apenas jugaba con la noción de esta idea, el mundo a mi alrededor que asumía tranquilo e impasible comenzó a temblar. Tuve que mirar como sus certezas, igual que las mías en algún punto, se caían. Y cuando se preguntaban por qué, notaban que las habían construido sobre arena.

Su economía. Sus convenciones sociales. Su cotidianidad. Tan frágil que bastó quitar un alfiler para que se cayera.

Y mientras la gente muere, las tiendas se vacían y los hospitales se llenan, el desempleo sube y la moneda baja, me pregunto si los de arriba, ellos quienes causaron esto, saben que nunca fue necesario. Si en su silencio obligado comienzan a comprender sus errores, y sienten la culpa en sus oídos como burbujas bajo el agua.

Pienso en quienes de pronto comprenden la importancia de las personas con quienes convivían cuando ya no pueden verlas. Si a alguien se le hace un hoyo en el estómago al entender que es un privilegio no tener que estar allá afuera. El momento en que se acaban las distracciones y sólo queda estar con unx, y escuchar.

En medio de este desastre, del ruido, del llanto y los gritos, puedo oírlo. El particular silencio de redención. No sé si sea permanente, si en cuanto se tenga la opción de llenar el vacío con las mismas distracciones de siempre lo hagan, pero puedo tener esperanza de que no pasará. Que por lo menos alguien habrá en esta entropía que decida dejar de temerla, mejor aceptarla y dejarla pasar, como agua entre los dedos, nubes en el cielo… alguien que comprenda que fuera de sí mismx, hay poco que pueda controlar.

Me encantaría que miráramos al miedo de frente y le ofreciéramos un café. Que en vez de que nos impulse a hacer compras ridículas o a discriminar a otras personas, nos ayude a comprender la fragilidad de las cosas, para apreciar el tiempo que nos queda con ellas en vez de gastarlo intentando que nunca se acaben.

Porque para nadar de nada sirve patalear y gritar esperando que no te ahogues, primero tienes que hacer lo que menos quieres: tienes que relajarte y dejar a tu cuerpo flotar.

Itzia Ramos, estudiante de preparatoria. Ferviente defensora de la libertad y de los tacos al pastor con piña. Escribe poesía en su tiempo libre.

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