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By: Alberto Luquín Alcalá

Luquín

Michoacán sobrevive de la informalidad laboral. Aunque la población económicamente activa es numerosa, la mayor parte de los trabajadores carecen de prestaciones y seguridad social, no pagan impuestos y, con esto, aportan poco. Esta condición no es exclusiva de la entidad. La lenta decadencia del sistema y el desmantelamiento del estado de bienestar han llevado al país entero a vivir en una precariedad que trasciende lo laboral.

El tardocapitalismo llegó, y hemos quedado atrapados en él sin darnos cuenta. La reforma laboral, en vez de incentivar la inversión, ha resultado en la pérdida de derechos para los trabajadores y el enriquecimiento de los grandes empresarios, sin incentivar el consumo, la recaudación o el crecimiento de aquellos que creyeron en el sueño falaz y propagandístico, siempre sonriente, de Pepe y Toño.

Esto no sólo se nota en el aumento del ambulantaje y la oferta de servicios al margen de los canales tradicionales. Incluso bajo contratos bien establecidos, cosas como el regateo de ciertas prestaciones o la modificación alevosa de los horarios de trabajo en nombre de una ilusoria eficiencia son comunes.

En nombre de mi acostumbrado insomnio, pasé buena parte de la madrugada de ayer discutiendo con algunos fans de esa sociopática seudoideología llamada libertarianismo, por postear el pantallazo de un tuit de @pagusrendon (oh, maravilloso anonimato del username) que, citado textualmente, dice: “Señores empresarios: Cuando dejen de contratarnos vía outsourcing y nos brinden las prestaciones laborales que nos corresponden, tal vez les prestemos oído cuando nos ‘aconsejan’ por quién votar”.

¿El motivo del tuit? La reciente campaña que han emprendido algunos empresarios, como Alberto Bailléres y Germán Larrea, para dirigir el voto de sus trabajadores contra el candidato que se perfila desde ahora como ganador de la contienda, el Licenciado Don Peje Andrés Manuel, aprovechándose del fantasmón del populismo y del miedo irracional que la palabra “socialismo” despierta entre quienes no la entienden. Porque, para algunos, pareciera que el socialismo es un monstruo ateo y multicultural que quemó sus campos y robó a sus vacas, que pone en peligro a la sociedad occidental entera y que les va a quitar la casa de Infonanice y el auto que compraron con un crédito a 30 años.

Este discurso, si bien no es ilegal, es reprobable. Después de todo, el hecho de que quien paga tu salario te amenace impersonalmente con perder las migajas que recibes si gana el candidato al que considera poco favorable es un acto de coacción velada. Detrás de él se encuentra el temor por la pérdida de los privilegios que a estos beatos del emprendedurismo (horrenda palabra) les significó ser consentidos gubernamentales durante 12 años seguidos y el discurso ambiguo, a veces amenazante, de López Obrador. Por cierto, quien esto escribe está convencido de que no nos vamos a convertir en Venezuela, porque bastante tenemos ya con ser México.

Uno de mis interlocutores alegaba que, de no ser porque los trabajadores quieren prestaciones, sus salarios serían más altos. Esta idea deriva de la bastante equivocada concepción neoliberal de que entre menos impuestos y obligaciones paguen las empresas, mayor margen de ganancias tendrán y, como en un milagro de San Libre Mercado, la prosperidad se derramará sobre todos. Los hechos desmienten esto, por supuesto. Muchos empresarios utilizan las ganancias en sí mismos, no en mejorar las condiciones de vida de sus empleados, quienes jamás ven un aumento de sueldo consistente con la vida digna a la que aspiran.‏ En la realidad, las prestaciones salen del bolsillo del asalariado y acabamos en una paradójica situación donde los bajos sueldos acaban subsidiando al patrón.

Que no se me malinterprete: No establezco una distinción moral entre empresarios y trabajadores. Sin duda alguna, existen buenos empresarios: Aquellos que pagan impuestos, otorgan prestaciones completas, dan un salario justo, no modifican los contratos de sus empleados ni sus condiciones de trabajo a su antojo y nunca han sacado provecho de cosas como el tráfico de influencias o contratos ventajosos con el gobierno. Pero gente como Bailléres, que por alguna razón que no alcanzo a comprender recibió la Medalla de Honor Belisario Domínguez, dista mucho de todo esto. La prosperidad poco tiene que ver con las virtudes, como supone el pensamiento mágico, y sí mucho con la suerte, los privilegios y las conexiones. Prueba de ello es el hecho de que, siendo uno de los países que más trabaja, somos también uno de los peor pagados.

El otro caso es un poco más curioso, por decirlo de algún modo. Se trata de alguien que vive quejándose de la corrupción gubernamental y atribuye lo que tiene a su enorme capacidad para el trabajo y la supuesta autoridad moral que esto le confiere, pero al verse acorralado se limitó a decir que “el que paga manda” y, en consecuencia, el trabajador debe soportar lo que sea si quiere seguir comiendo.

¿Acaso quien dice que el que paga manda no se da cuenta de que este lugar común es medular en el discurso que normaliza la corrupción? Porque ideas así son las que legitimizan los abusos tanto gubernamentales como empresariales y el hecho de que las oportunidades sean cada vez menores: Quien no recibe lo suficiente, lo hace porque no merece más. Es la supuesta consecuencia de no esforzarse tanto como otros. Ideas así han ido acabándose al país. A todos nosotros. Hay cansancio.

 

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Alberto Luquín Alcalá.

Lee mucho, escribe poco. Y cada vez más enrevesado.

 

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