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Del transporte público y otras breves magias

Dice Efraín Huerta que vivir fuera del presupuesto es vivir en el terror. Y en Morelia, la alguna vez Guayangareo y después Valladolid, esto no sólo aplica a burócratas y literatos, sino a cada aspecto de la cotidianidad, incluyendo el transporte público.

El esquema bajo el que funciona es, en apariencia, el mismo que en casi todas partes: Un servicio público concesionado a particulares, quienes a título personal o como agrupación satisfacen el continuo trajín de quienes habitamos en una ciudad que, como muchas, no supo crecer sobre sí misma. Como dijo aquel que, habiéndose lanzado desde un cuadragésimo piso, se da cuenta de que ya recorrió la mitad del trayecto: Hasta aquí, todo bien.

En la realidad, siempre tan frágil y decepcionante, las cosas no son tan simples. Los transportistas se reúnen en organizaciones que constituyen, tras una muy legítima defensa de sus derechos, grupos de presión política. Y si bien todo acto humano, por definición, es político y persigue un interés, constituye un problema cuando pretende pasar por encima de los derechos e intereses de los demás, en especial cuando este “demás” está configurado por el público al que supuestamente sirven.

Para regular el caos, vana pretensión de todos los hombres desde el inicio de los tiempos, el Estado tiene a su disposición a la Comisión Reguladora del Transporte, o Cocotra. El problema es que la Cocotra está sometida, en buena parte, a los designios de los grupos de transportistas o, mejor dicho, a los designios de sus líderes.

Así, no importa si Cocotra decide que son necesarias unidades limpias, funcionales, cómodas, nuevas –o al menos mejor conservadas-, sustentables o con una modalidad diferente; que los choferes deben observar el reglamento de tránsito, no fumar, tratar bien a sus pasajeros, respetar los límites de velocidad o no usar el teléfono; o, simplemente, que el costo del pasaje debe mantener cierto equilibrio con el servicio que se sufre.

A fin de cuentas, serán quienes dirigen las organizaciones los que definirán la agenda, nunca el usuario, y si el malvado gobierno se empeña en impedirles hacer su voluntad, pararán la ciudad durante algunas horas o empezarán a cobrar a su entero gusto, sin contar que si el desafortunado pasajero ha decidido ahorrarse las molestias y subirse a un Uber corre el riesgo de ser amenazado, insultado, vejado y retenido contra su voluntad durante un rato por uno o más choferes, quienes cumpliendo funciones policiacas que no les corresponden tienen por consigna, en defensa de la legalidad (aunque el más conocido de sus líderes haya pasado un rato en prisión por extorsionar a sus agremiados y usar el dinero en negocios, por modo de algún decirlo, templariamente familiares), detener a cada uno de estos cómodos y seudopúblicos automóviles hijos de nuestro narcicismo tardocapitalista.

Así que, si llega usted al Jardín de la Nueva España, ese en el que ahora crecen Oxxos y casas en reservas alguna vez forestales reducidas a cenizas, prepárese para tratar de entender por qué la gente paga ocho pesos para viajar en pequeñas y atestadas camionetas, con rutas y tiempos arbitrarios explicados a medias en dos aplicaciones que puede bajar, esas sí, gratuitamente.

Olvídese de sistemas BRT, metros, trolebuses o cualquier otra opción. Abandone toda esperanza, acomódese y, si consigue asiento, evite el que está junto a la puerta corrediza, no vaya a ser que en una de esas su brazo quede rebanado cual jamón. Intente sentarse en cualquier otra parte de la combi, aunque sea obligando a un hombre más frustrado que usted mismo a dejar de hacer manspreading (palabreja que define la obsesión de algunos por sentarse con las piernas abiertas en el mayor ángulo posible, probablemente tratando de compensar alguna deficiencia física), disfrute del cigarrillo del conductor, sus llamadas telefónicas y sus hábitos de manejo que ya envidiaría el difunto Ayrton Senna, entre constantes tirones que sin duda le recordarán la homérica (por Homero Simpson) rutina del “acelero, freno, claxon” mientras disfruta la dulce sinfonía que sin duda le recetarán al volumen más alto posible, aunque una calcomanía pegada en cualquiera de las ventanillas le informe amablemente que su Caronte colectivo tiene prohibido, mientras maneja, fumar, usar el teléfono, comer, escuchar música estruendosamente o violar las elementales reglas de tránsito.

Y, si le toca de pie, qué remedio, acomódese del modo en que menos posibilidades tenga de caerse en la siguiente parada, cierre los ojos, póngase los audífonos y encomiéndese a la divinidad en la que crea para que el viaje, por lo menos, sea corto y algún otro pasajero tenga a bien abrir una ventanilla, que los 32º centígrados de mayo pesan mucho. Eso sí, no olvide terminar su plegaria con un “pues” y prometer un gaspacho en ofrenda de olor agradable a su respectivo Señor.

 

Alberto Luquín Alcalá.

Lee mucho, escribe poco. Y sólo de vez en cuando.

 

 

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