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by: Alberto Luquín

Luquín

Pese a sus fallos, la democracia es el mejor sistema político disponible. Asegura, o al menos en esta pretensión encuentra su sentido, la representatividad de todas las voces que configuran a la sociedad. No es tanto la imposición de las mayorías como la armonización, la escucha, de todos los grupos que la conforman.

En los últimos años, la democracia se ha convertido en blanco fácil de la estupidez y la nostalgia totalitaria. Libertarianos, neofascistas, nacionalistas ramplones – ¿acaso hay orgullo más basto que el nacionalismo?- y profetas del Apocalipsis insisten en resaltar sus fallos y minimizar sus virtudes. Desde un taimado victimismo, los más reaccionarios insisten en ver a la estructura social y las relaciones humanas como un juego de suma cero, suponiendo que el reconocimiento de los derechos ajenos implica la pérdida de los propios.

En unas pocas décadas, hemos sido testigos del tardocapitalismo y sus síntomas funestos: El desmantelamiento del Estado de bienestar, la precarización económica, el fin de los metarrelatos; la tendencia creciente  a la configuración, en una vida virtual en la que pasamos cada vez más tiempo, de cajas de resonancia que, en vez de conducir al diálogo, llevan a la exclusión violenta del otro, en la inmediatez y la avidez de novedades que alimentan de continuo los bots, los algoritmos publicitarios, los memes, los trolls y las noticias falsas, cuya consecuencia más grave y notoria es la expansión de seudoideologías perniciosas con poco sustento ético y conceptual.

Todo esto, y un poco más, nos lleva por un retorcido camino que nos aleja de la democracia y sus instituciones y vuelve deseable la dirección de hombres fuertes, con pocos contrapesos, ajenos a las estructuras políticas tradicionales e identificados con un principios muy básicos, aunque de interpretación abierta (el célebre “make America great again”), de los cuales hacen depender la totalidad de su programa. En México, este año acudimos a la renovación de legislaturas locales, federales, ayuntamientos, gubernaturas y, lo más importante, la presidencia de la res pública. Es el año en que el país entero convulsiona en espera de un nuevo tlatoani. El sacrificio del pueblo que, en un acto cercano al pensamiento mágico, nutre y legitima un nuevo ciclo histórico.

Por décadas, las cosas eran muy claras para el electorado mexicano: Hagas lo que hagas, ganará el PRI. La revolución estatizada, convertida en permanencia, que funde en su bendito seno todas las contradicciones  y nos entrega los veneros del petróleo, haciéndonos parte de una realidad metafísica mucho más grande que nosotros mismos, capaz de oponerse a los excesos del exterior. No olvidemos que, en su momento, más de un intelectual comprometido suscribió  aquella triste frase de Carlos Fuentes: “Echeverría o el fascismo”.

Y así fue hasta 1989, cuando un presunto error del sistema, cometido por el entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, que después se convirtió en presunto perseguidor de opositores y gobernador de su estado natal, arrebató el triunfo al candidato que, tras reunir a todas las fuerzas de la izquierda en un solo frente opositor, estaba por ganar: Cuauhtémoc  Cárdenas Solórzano, hijo de Lázaro Cárdenas del Río. Con el tiempo llegaron los excesos del salinismo, el cataclismo económico de 1994 y el zedillismo.

En el 2000, la premisa era clara: Había que sacar al PRI dañando lo menos posible al país y sus instituciones. Era necesario lograr el cambio sin afectar la continuidad. Y fue así que ganó el panista y mocho Vicente Fox, quien administró al país trepado en una nube de catolicismo confeso, neoliberalismo económico, conservadurismo social y uno que otro escándalo. Dicen que el hoy expresidente actualmente apenas si administra una cuenta de Twitter, donde da rienda suelta en mal español y pésimo inglés a berrinches dignos de quien, tras haber caducado, vive gritándole a las nubes.

Aunque el dinosaurio priista parecía herido de muerte y tanto izquierda como derecha se repartían sus restos, logrando importantes avances económicos y el reconocimiento de derechos fundamentales. Esto, por supuesto, no ocurría al parejo. Mientras el entonces Distrito Federal, bastión de la izquierda, se convertía en una burbuja progresista, estados  tradicionalmente mochos como Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Aguascalientes lograban un importante crecimiento al coste de mantener a raya las reivindicaciones sociales y de censurar cualquier disensión ya no digamos política, sino también moral.

El eterno entredicho en que se desenvolvió la administración de Felipe Calderón trajo consigo el desencanto de la democracia. La disensión se convirtió en polarización, conspiranoia, victimismo y desconfianza, tanto en la izquierda como entre la derecha. Ansioso de legitimarse, el soldadito moreliano emprendió una guerra frontal contra el narco que hasta el día de hoy sigue cobrando vidas, manchando todas y cada una de las instituciones del país y llevando a la restauración del priato, que volvió a ocupar la silla presidencial más corrupto y cínico que nunca.

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Alberto Luquín Alcalá. Lee mucho, escribe poco. Y sólo de vez en cuando.

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