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By: Alberto Luquín

Luquín

El presente proceso electoral es poco menos que angustioso y bastante confuso. Pareciera estar definido por una muy justa rabia. Pero, en este contexto, las tradicionales divisiones entre derecha, izquierda y centro se han diluido y grupos de ideas retrógradas, que insisten en negar a las minorías los derechos ganados, cuentan ya con seguidores y recursos suficientes como para treparse a la estructura electoral y convertir su presencia en botín político. Así, organizaciones repugnantes como el Frente Nacional por la Familia condicionan su voto a que los candidatos apoyen su agenda, mientras que los fundamentalistas evangélicos, los evangelocos, han hasta conformado un partido, el PES, que por alguna razón que no acabo de entender se presentará en boletas de la mano con el maoísta Partido del Trabajo y el progresista Movimiento de Regeneración Nacional.

Aparecen en escena, nunca mejor dicho, cinco candidatos. Y hablo de escena, no de tribuna, ni de foro, ni siquiera de ágora, porque lo que atestiguamos es una comedia negra donde los eventos se entrelazan y conducen, irremediablemente, al desplome del país y de la democracia que tanto costó. El marco es el de una guerra contra el narco con miles de muertos, de la atroz facilidad con la que desaparece la gente; las violaciones a los derechos humanos cometidas por instituciones que deberían cuidar a los ciudadanos y, muchas veces se convierten en cómplices de grupos criminales, los feminicidios y los desfalcos al erario que han acabado por volverse tan rutinarios y por  tener tantos ceros a la derecha que ya ni nos escandalizan. Donde los banqueros hacen y deshacen a su gusto, los datos de los usuarios se convierten en moneda de cambio y el dinero desaparece sin que ninguna autoridad haga el mínimo reclamo. Es el desastre de un sistema que ha dejado de funcionar, no sólo en México, y que nos enfrenta a un estado de cosas que requiere de transformaciones profundas, de las cuales ningún partido político pareciera querer  hacerse cargo más allá del discurso.

Son casi vísperas del segundo debate, uno en el que habrá una candidata menos. Si bien me gustaría, y mucho, ver a una mujer en la contienda, Margarita Zavala está muy lejos de representar los intereses de las mujeres y sí muy cerca de los sectores más conservadores, esos mismos que, de poder, darían marcha atrás a las reformas que aseguran la igualdad de género y la libertad de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos.

Durante el debate, Zavala fue quien más perdió. Nunca se esperó mucho de ella, es cierto, y aun así logró decepcionar. Quienes esperaban algo más, lo que fuera, acabaron topándose con la típica doña moreliana de varo que niega su raciclasismo mientras te mira con desprecio por llevar la camisa arrugada o zapatos que no son de marca. Quien haya leído su libro habrá notado un tufillo de nostalgia franquista, de gabinete cerrado de tía piolina que añora los totalitarismos. Digamos, en corto, algo así como una Dolores Umbridge sin carisma.

Los graves errores de Calderón, su ansia por perpetuar un legado nefasto, llevaron a la fractura del PAN y, en consecuencia, a la pérdida de empuje de un frente opositor que, reuniendo a derechistas, socialdemócratas y oportunistas, pudo haber empujado una agenda común contradictoria, pero útil. Sin importar a dónde jalen sus simpatizantes, que son pocos, pero cuentan, el perdedor es Anaya: Los panistas más tradicionales lo ven como un traidor y preferirían votar por Meade, anular o abstenerse, pues qué oso votar por el Peje, con cuyos seguidores llevan 12 años enfrascados en una pelea de inválidos.

Ricardo Anaya, por su parte, resultó ganador del debate entre datos que han resultado verdaderos y verdades a medias. Muchos hemos visto en él al teto insoportable a quien todo le sale bien por sus privilegios, pero que vive diciendo que todo se lo debe a su trabajo y sus valores. Un aire siniestro, de villano tardocapitalista, sin alcanzar a ser Hank Scorpio, lo acompaña. Tiene ideas que ha tomado de la socialdemocracia, probablemente impuestas por el PRD y MC para lograr la coalición, como proponer una renta básica universal o haberse declarado abiertamente respetuoso de los derechos de las minorías, sin alegar que acepta estos cambios a regañadientes por entrar en contradicción con su fe.

Si Anaya es un privilegiado que vive en una burbuja, Meade es un Godínez que se la pasa alardeando de sus logros, pero todo se lo deben a su suerte, lamebotismo y conexiones. Un rostro fresco, quizá, en apariencia independiente del partido que lo cobija; un funcionario que conoce el arduo oficio burocrático pero que carga con la estructura agotada, corrupta, impune, del priato.

El Bronco es un trollecito de Internet, pero en la vida real: Impotente y nefasto, pero no falta el que, siendo dela misma calaña, le celebra las ocurrencias. Un facho al que muchos le admiran la falsa honestidad de confesarse facho –y también la verdad miente-, consecuencia trágica de la obsesión por la transparencia. Es, en sí mismo, una caricatura fiel del norteño: Inculto, orgulloso, fanático del trabajo, machista, y no contento con serlo, se regodea en su papel.

Por sobre todo y todos, planeando sobre las ruinas que vemos, Andrés Manuel López Obrador pareciera tener segura la presidencia, algo que pudiera tener consecuencias graves si hay un revés de la suerte para sus partidarios. Con una plataforma que no es de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario, que un día concede a los empresarios la construcción del nuevo aeropuerto y al siguiente pretende regresarnos a la economía de sustitución de importaciones, que tan mal nos resultó, y que lo mismo otorga espacios a la comunidad LGBTI+ que pacta con la ultraderecha evangélica y cada vez que se le pregunta sobre temas moralmente escabrosos para nuestra sociedad anquilosada declara que recurrirá a la consulta popular.

Cada uno es unan caricatura de sí mismo. Nosotros acudimos al espectáculo.

Y la nave va…

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Alberto Luquín Alcalá. Lee mucho, escribe poco. Y cada vez menos.

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