En Loco Tidiano… El fin del Mundo

 

By: Rosío Morelos.

Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí…

Augusto Monterroso

El fin del mundo es un tema recurrente que a menudo vemos plasmado en la pantalla grande. Resulta entretenido y hasta cierto punto morboso seguir el desarrollo de una película que va a acabar con la humanidad, en donde casi siempre todo parece empezar con una calma bastante sospechosa siempre previa a la pesadilla que se avecina.

Así de ingenua fue la calma que podía sentirse desde un 24 de diciembre en las calles morelianas, antes de que empezara a sufrirse la catástrofe que nos aqueja. Se podía respirar la quietud de las avenidas casi desiertas desde la mañana,  se podían también sentir los pintorescos baches (que, como el dinosaurio, todavía siguen ahí) y admirar la belleza en algunas zonas, (en otras zonas, sin embargo, donde no llegó el presupuesto de “Morelia de todos”, es mejor no mirar).

Acudir a surtir víveres un día veinticuatro de diciembre, es siempre una mala idea, pero ferviente tradición de algunos morelianos que gustan de dejar para el final ciertas compras importantes. La aparente tranquilidad del camino hasta el supermercado es pasajera,  y la primera dificultad se vislumbra desde el momento en que se busca estacionamiento. Dejando de lado el suplicio para encontrar lugar para el auto, lo peor viene cuando se ingresa en la tienda y se siente el bullicio de una concentración masiva de personas, cada una guiando frenéticamente su carrito, cual hervidero de hormigas. Y entre ese hervidero se tiene que circular, empujando la propia carga que se cruza en el camino de otros volviendo dificultosa la movilidad (aunque viéndolo por el lado amable, si se tienen hijos y no se les pudo llevar a los carros chocones en la Feria o en el Cañafest, esta es una buena oportunidad para cumplirles el capricho antes de que acabe el año). Parece mentira, pero algunos víveres escasean y es preciso competir por ellos, (a lo mejor es necesario lanzar la mano  en busca de la última lata de jamón endiablado, y desviar la mirada para no ver la cara de odio de otro comprador que dejamos desabastecido).

Pero nada de esto, que parece muy cercano a las escenas que vemos en el cine de compras de pánico en las películas del fin del mundo, es ajeno a nuestra realidad. Para los compradores desidiosos, es menester de cada año enfrentarse  a lo mismo.

Lo que los morelianos no sospechábamos es que esos aglutinamientos, nos servirían de entrenamiento, para la verdadera tragedia que se suscitaría pocos días después: la pelea por el combustible.

Al principio nadie sospechaba que el desabasto de gasolina iba a ser tan terrible, el rumor urbano era que al igual que otros años, las gasolineras estaban reteniendo el producto para darlo más caro entrando el año, (esta era una ilusoria pero bonita fantasía).

Pero el año entró, vinieron y se fueron los “Reyes Magos” (los muy ingratos podían haber aprovechado su riqueza, influencia y magia para remediar el asunto, pero decidieron hacerse de la vista gorda) y el combustible sigue siendo nuestra mayor preocupación.

Aunque ciertamente parece exagerada la idea del fin del mundo, lo cierto es que la ciudad se ha paralizado en buena parte y comercios, transportistas e instituciones están sufriendo las consecuencias. En la ciudad pueden apreciarse paisajes inusuales: zonas repletas de peatones donde antes eran escasos, calles completamente libres de carros donde antes estaban repletas, y gasolineras que a pesar de no tener servicio están completamente abarrotadas (hasta tiendas de campaña se pueden observar).

Hay quienes le sacan el lado bueno al asunto: se puede aprovechar la situación para sacar la bici empolvada y hacer un poco de ejercicio, o salir a caminar sin la contaminación visual del tráfico excesivo y admirar la belleza oculta. Esperemos que todo esto no sea más que una terrible pesadilla, y que cuando despertemos (que esperemos que sea muy pronto), la gasolina todavía esté allí.

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