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En la memoria sigue el recuerdo de nuestros muertos,

los que esa noche nos hicieron pensar en la libertad.

Uno siempre está pensando que los terroristas están en otra parte, que los veremos en la tele y que  según el estereotipo, casi con seguridad tendrían un turbante; pero hace diez años, en la plaza principal de la ciudad de Morelia, vimos al terrorismo de cerca, lo escuchamos; pero no fue como en la televisión; fue bastante más grotesco y escalofriante.

Era 15 de Septiembre de 2008, el entonces gobernador Leonel Godoy Rangel ondeaba la bandera Nacional desde el balcón del palacio de gobierno.  Justo frente a la plaza, a las 11 de la noche, entre los campanazos, la algarabía, fuegos pirotécnicos y el himno nacional, una granada de fragmentación estalló en donde hoy inauguran un monolito memorial. Ocho personas murieron y cientos resultaron lesionadas, fueron heridas de manera permanente como los que celebraban ahí o desde sus casas.

Era una fiesta nacional que dejó secuelas permanentes en el imaginario colectivo, porque tuvieron que pasar años para que la gente regresara a celebrar la libertad que supuestamente nos dio la independencia del país.

En Morelia, esa libertad se vio coartada por los atentados donde civiles inocentes tuvieron que ser rescatados con heridas despiadadas y los gritos de la confusión. Había 30 mil almas en ese sitio y absolutamente nadie sabía qué hacer; en el balcón Fidel Calderón hablaba por teléfono pidiendo información y Fausto Vallejo evitaba el contacto visual con la plaza ensangrentada mientras acompañaba al gobernador que miraba fijamente.

Una granada varias cuadras después estalló matando instantáneamente a un padre de familia que era sustento de su hogar; esa noche no sólo le quitaron la vida a ese hombre, también robaron todas las aspiraciones de sus tres hijos que no han podido concluir sus estudios. Una bandera del Monarcas cubría su féretro y la alegría de la porra de equipo fueron su último adiós.

Otra señora, perdió su pierna junto a muchos de los heridos que fueron mutilados por las esquirlas y el impacto del explosivo, han recibido ayudas del gobierno que no se ajustan a la realidad de sus limitaciones: “siete mil pesos al año no cubre ni lo que gastamos en medicinas”, dijo una de las sobrevivientes.

Y así, se cuentan por cientos los lesionados que guardan una cicatriz que les recuerda la fragilidad, el valor de la libertad y de la vida, mensajes que no nos dieron nuestros héroes nacionales, de manera tan contundente como la vida misma, poniendo esa noche a sus pies toda la cobardía y saña con que pueden actuar los semejantes. Esa noche, los responsables sembraron mucha de la desconfianza que permea en todos los muros de cantera que no se acaba de despintar…

Esa noche, nos hirieron profundamente y es una herida que no ha terminado de sanar.

 

 

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