El caballo que se murió de nada// By @indiehalda

Por Oscar Hernández

Oscar vive con su esposa, su biblioteca musical, su perro y su gato en el sur de la ciudad más guapachosa del hemisferio occidental.  Una extraña mezcla de hipster, Godinez, otaku y cargador de central de abastos, Oscar opina de casi todo, regularmente sólo para quejarse. A Oscar le gusta el post-rock, Haruki Murakami, los atardeceres, el Boing de tamarindo y -para su desgracia- todo lo que engorda, alcoholiza o es socialmente reprobable. Pero hey, se la pasa bastante bien. Su columna habla del acontecer económico, político, social y cultural del DF visto por un moreliano de corazón.
Oscar vive con su esposa, su biblioteca musical, su perro y su gato en el sur de la ciudad más guapachosa del hemisferio occidental. Una extraña mezcla de hipster, Godinez, otaku y cargador de central de abastos, Oscar opina de casi todo, regularmente sólo para quejarse.
A Oscar le gusta el post-rock, Haruki Murakami, los atardeceres, el Boing de tamarindo y -para su desgracia- todo lo que engorda, alcoholiza o es socialmente reprobable. Pero hey, se la pasa bastante bien. Su columna habla del acontecer económico, político, social y cultural del DF visto por un moreliano de corazón.

Hace unos años un colaborador del trabajo contaba una curiosa historia a manera de fábula sobre un caballo y su dueño. Al caballo  – dedicado a las labores del campo- se le premiaba con comida y bebida 3 veces al día. Un día, al ver los costos de manutención del equino, el dueño se preguntó: ¿Trabajará igual el caballo si en lugar de 3 comidas hace 2?

Hizo el experimento, y descubrió que el caballo, como si nada, continuaba sus labores de la misma manera que siempre.

El dueño continuó con los recortes: de 2 a 1 comida al día, y luego sólo agua y comida cada 2 días… así hasta que una mañana, caminando contento hacia la caballeriza por el ahorro que le había generado su astucia, encuentra al caballo muerto. Consternado, sólo atina a decir “pinche caballo malagradecido, tan bien que lo trataba”

El recuerdo de esta historia me vino a la mente una de esas tardes en las que –buscando despejar la mente de los temas laborales- me entregaba al cotidiano masoquismo al ser testigo, nota tras nota, de la debacle social y política de esta caótica maravilla llamada México.

No pude dejar de sentirme como el caballo, el cual sigue trabajando a pesar de los recortes. No es que nos falte el pan y el agua, lo que nos están racionando son todas aquellas certezas que nos hacen sentir seguros, permitiéndonos salir a trabajar todos los días, apagar las luces para dormir  por las noches y tener esperanza de que las cosas saldrán bien.

Los recortes en todos los ámbitos pasaron de ser sutiles a cínicos: salud, educación, cultura. Se habla cada año de presupuestos históricos en estos rubros importantes pero se ven cada vez más hospitales raquíticos, más escuelas desvencijadas y más espacios de cultura abandonados. Se aumenta año con año el presupuesto de seguridad y cada año nos sentimos más inseguros. Y aún así, el caballo sigue trabajando.

Algunos de ustedes queridos lectores me dirán que empieza a haber hartazgo y que el mismo se ve reflejado en marchas y protestas. Pero no veo en ninguno de los movimientos sociales, de esos que hoy en día gritan consignas y toman calles, propuesta clara alguna. Todo es resaltar lo obvio: que los dueños del caballo lo están haciendo mal.

So pena de ganarme más de un enemigo, me parece que estamos quejándonos de las cosas equivocadas. Si mañana aparecieran los 42 estudiantes de Ayotzinapa, renunciara nuestro presidente y la selección ganara el mundial, seguiríamos siendo el mismo caballo agotado y famélico. Lo nuestro no es hambre y cansancio, lo nuestro es anemia y fatiga crónica.

Podré sonar cínico por quejarme al mismo tiempo del estatismo y del movimiento, pero no puedo dejar de pensar que lo uno y lo otro están mal, al menos en la forma en la que lo estamos haciendo en este país. Nos estamos haciendo caballos salvajes y flojos, y así no vamos a ningún lado. Nuestras exigencias son como cuetes en fiesta de pueblo, estruendosas y efímeras, y al sentirlas inalcanzables las desechamos rápidamente.

Es el momento de ser más participativos, pero no en la forma ciega y adoctrinada en la que lo estamos siendo. Los problemas de este país son tan sencillos que resulta inverosímil la forma en la que los complicamos. Al dueño podemos pedirle lo que deseemos, pues es gracias a nuestro trabajo equino que esta nación se mueve. Seamos inteligentes a la hora de pedir: si lo que nos falta es seguridad para hacer nuestras actividades, para qué pedir Wi-Fi y pantallas.

Si no actuamos a tiempo seremos el caballo que se murió de nada. Para un país con un águila devorando una serpiente en su bandera, lo consideraría un final vergonzoso.

 

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