Ciudadanos Emergentes… La Política de México

By: Arturo Ismael Ibarra

Como señala el conocido epígrafe de Giovanni Sartori en su célebre Teoría de la Democracia (1991), “nuestras ideas son nuestros anteojos”.

El estudio de la política de México debe considerar el hecho de que los Estados Unidos Mexicanos (el nombre oficial de ese país) son una república representativademocráticafederal y laica, compuesta por Estados libres y soberanos (y estos, a su vez, por municipios) en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, la capital del país, unidos en una federación establecida según los principios de su Constitución. De acuerdo con esta ley fundamental, la soberanía y el poder público son origen y correspondencia del pueblo, y es este el que decide ejercerlo a través de un sistema de separación de poderes: el Presidente (Ejecutivo), el Congreso de la Unión (Legislativo) y un Poder Judicial, depositado en distintas instituciones, cuya cabeza es la Suprema Corte de Justicia.

La representatividad del poder público se deposita principalmente en un sistema multipartidista, donde los partidos políticos son el principal ente de participación ciudadana, todo ello regulado por instituciones electorales autónomas (Instituto Nacional ElectoralTribunal electoral y Fiscalía electoral), no obstante lo cual, según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México, el 74 por ciento de los mexicanos consideran que el sistema electoral de su país no es transparente, y desconfían de los resultados oficiales. ​ El sistema político mexicano incluye órganos autónomos que sirven de contrapeso en áreas específicas (Fiscalía General de la RepúblicaCNDH, Auditoria Superior, Banco de MéxicoINEGICofeceIFT e INAI).

En los últimos treinta años la actividad política se ha consolidado como uno de los campos de atención pública más potentes para intelectuales, académicos de las ciencias sociales y medios de comunicación en México. Al lado del lento, pero persistente proceso de desestructuración del régimen político pos–revolucionario que simbolizaban tanto un sistema de partido virtualmente único como un hiper–presidencialismo sin igual en América Latina, la atención pública se concentró, desde los primeros años ochenta, en la compleja dinámica de una oposición de derechas e izquierdas que fue modificando —mediante negociaciones políticas, conflictos locales y reformas electorales de distinto signo— el rostro autoritario de un régimen petrificado, con déficits crecientes de legitimidad, eficacia y estabilidad política y económica. Este proceso, sus ideas centrales, sus actores, sus estructuras y reglas, así como las nuevas instituciones y los resultados esperados y perversos observados, fueron el objeto de estudio de nuevas generaciones de sociólogos y politólogos de muy diversas escuelas y corrientes teóricas, que conformaron agendas de investigación con una variedad considerable de métodos, productos y orientaciones.

La ciencia política posee una colección variada de ideas y anteojos con cristales de diversos calibres y alcances. Esa relación de las ideas con el análisis y la interpretación política, constituye por sí misma una relación compleja, en la que las teorías políticas se relacionan de modos diversos con los métodos de examen de los fenómenos de la política o las políticas, sus estructuras, sus actores y procesos (Rueschemeyer, 2008; Price, 2008).

Teorías difusas e ideas fuertes han permeado los esfuerzos de los politólogos para conformar las agendas de investigación de la ciencia política mexicana. Desde las teorías clásicas de la modernización o del cambio político, hasta las de diversas acepciones de las teorías pluralistas de la democracia, los distintos enfoques neoinstitucionalistas o los derivados de las teorías de la elección racional, han gobernado de manera importante los estudios sobre el cambio político en México.

A partir de ellos, o contra ellos, se han explorado ideas centrales en temas de la alternancia y la transición política; la construcción de un sistema de partidos equilibrado, competitivo y plural; el funcionamiento de los partidos políticos como organizaciones; los procesos electorales y el régimen político; la gobernabilidad y el orden político.

En alguna medida, el accidentado desarrollo del proceso de cambio político parece estar relacionado con el propio proceso de construcción y legitimación de la ciencia política en México. Esta conjetura supone que las transformaciones políticas configuraron la trayectoria de fondo que explica la transición entre las perspectivas “extradisciplinarias” de la fenomenología política en México, con la constitución e institucionalización de una comunidad de expertos que, desde el instrumental propio de la ciencia política, comenzaron a examinar los rasgos dominantes y cambiantes de la actividad política mexicana. Esta transición de la extra a la intra–disciplinariedad, se caracterizó por el predominio, durante un largo período, de visiones y estudios que desde la filosofía, la administración pública, la economía, el derecho o la sociología se encargaron de proporcionar descripciones, estudios y análisis de la política mexicana, construidas a partir de narraciones, ensayos interpretativos, y reconstrucciones históricas, algunas de ellas magníficas y ya clásicas (Molinar, 1993).

Aunque es indispensable reconocer que la ciencia política mexicana tiene sus raíces desde los años cincuenta del siglo pasado, y de que diversos autores y estudios han señalado las aportaciones que varias generaciones de politólogos de los años 50 a los 70 realizaron para la edificación de la disciplina (Camacho y Meyer, 1979), sus aportaciones formaron parte de lo que puede denominarse el contexto intelectual e institucional adecuado para el desarrollo de la disciplina en los años siguientes. Eso explica el hecho de que es a partir de los años ochenta cuando se comienza a estudiar de manera disciplinaria y sistemática la vida política mexicana, sus estructuras, sus procesos y actores, debido, entre otros factores, a: 1) la incorporación en la vida universitaria de politólogos formados en Europa o en Estados Unidos; 2) la expansión de carreras universitarias en ciencia política en varias universidades públicas y privadas mexicanas; y 3) la creación de asociaciones, redes de profesionales, instituciones y publicaciones que fueron articulando una comunidad de politólogos que debaten, comparan y definen agendas, problemas y métodos de investigación apropiados a la realidad política mexicana (Merino, 1999; Aguilar, 2009).

El resultado de todo es la configuración de diversas “comunidades epistémicas” en la ciencia política mexicana.Algunas más orientadas hacia los métodos clásicos reflexivos, deductivos o interpretativos, mientras que otras se han concentrado en el estudio de los fenómenos políticos desde la perspectiva de las formas de organización y articulación de los actores, intereses y reglas de la acción política, mientras que otros más se han encargado de aplicar metodologías cuantitativas más o menos rigurosas para analizar los comportamientos de los “jugadores” bajo consideraciones relativas a los cálculos y posibilidades de elección en un marco de interacciones, constreñimientos y oportunidades dadas (Tsebelis, 1990; Shepsle y Bonchek, 2005). Otras comunidades se concentran más en la construcción y efecto de las reglas, la organización y las instituciones en la acción política (March y Olsen, 1989; Romero, 1999). Desde luego, existe una considerable cantidad de estudios y descripciones que construyen métodos “bastardos” que combinan conceptos y aproximaciones de diverso linaje epistemológico o metodológico.

Estas aproximaciones tienen que ver con las macroteorías que dominaron el debate académico internacional durante diversos ciclos.

Los enfoques constitucionales y normativos de autores como Duverger en los años sesenta, pasaron a los enfoques que desde la teoría de la política marcó la escuela italiana (encabezada por Norberto Bobbio o Giovanni Sartori), pero también de la influencia que los enfoques pluralistas, funcionalistas y comparatistas como el de Easton (1965), Dahl (1971) o Huntington (1968), marcaron en buena medida el territorio de las ideas y métodos de la ciencia política en México (Bokser, 1999). Posteriormente, los textos de autores como O’Donnell y Schmitter (1986), Collier (1985), y del propio Huntington (1994), influyeron en el examen de las transiciones políticas que comenzaron a estudiar los cambios desde las formas autoritarias hacia formas democráticas de ordenamiento político. Temas como la gobernabilidad de las democracias de Crozier, Huntington y Watanuki (1975), o el del estado burocrático–autoritario de O’Donnell (1982), influyeron de manera importante en la creación de agendas de investigación para sociólogos de la política y los propios politólogos en ejercicio o en ciernes.

A partir de estos enfoques, en México se fueron construyendo en la ciencia política distintas maneras de analizar e interpretar los fenómenos políticos. Esta construcción ocurrió de manera compleja, y combinaron de forma diversa los intereses de investigación e interpretación con los “hechos” de la vida política. Desde esta perspectiva, se puede identificar la relación entre ciertas ideas dominantes en el análisis político, con la organización de diversas agendas y estilos de investigación en el campo.

Parafraseando a Kant, la crítica de la razón académica es una de las prácticas considerablemente arraigadas en la ciencia política mexicana, y el ejercicio de esa crítica explica la diversificación de la comunidad de politólogos mexicanos en diversas “tribus”, que cultivan métodos cuantitativistas, cualitativistas o mixtos en una cantidad ya considerable de instituciones y espacios académicos, universitarios, públicos y privados. Más allá de las preferencias epistemológicas, teóricas o metodológicas observadas en el transcurso de las últimas tres décadas, lo cierto es que esa diversificación ha permitido ampliar los niveles de comprensión de la vida política mexicana, incorporando nuevas agendas y métodos de investigación, combinando el interés por el desarrollo de estudios empíricos y comparativos propios de ciertas escuelas norteamericanas de ciencia política, con los enfoques reflexivos e interpretativos más relacionados con las formas europeas de la ciencia y la sociología política.

Esto explica la persistente construcción de tradiciones disciplinarias en diversas zonas de la ciencia política doméstica. Comunidades académicas propensas hacia la investigación empírica coexisten con grupos disciplinarios más habituados a métodos ensayísticos e interpretativos basados en la identificación de ideas, discursos o supuestos. Académicos que prefieren el empleo de datos y métodos estadísticos para analizar los comportamientos político–institucionales, se encuentran de cuando en cuando con profesores e investigadores que se concentran más en identificar los imaginarios, los símbolos y las prácticas de las organizaciones políticas, la ciudadanía y el funcionariado público. Politólogos concentrados en analizar las decisiones públicas conviven en ocasiones con politólogos interesados en comprender la debilidad del Estado.

Ideologías, tradiciones formativas, valores y preferencias están por supuesto en el corazón explicativo de las diversas subjetividades que habitan el desarrollo de las comunidades epistémicas de la ciencia política mexicana. Quizá hace falta el desarrollo de una buena “sociología de la ciencia política” en nuestro país, que permita comprender puntualmente las coincidencias y las divergencias de dichas comunidades, los puentes y abismos que las separan y, quizá, los caminos que permitan un diálogo productivo en torno a nuevos temas y enfoques sobre la fenomenología mexicana del poder.

Arturo Ismael Ibarra Dávalos. Licenciado en Derecho por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Catedrático de la misma. Preside la asociación civil Bien Común Michoacán, Abogado de Laborissmo, “Por la Mejora en el Ámbito del Trabajo”. Secretario General del Foro Política y Sociedad.  Maestrante de la Maestría en Ciencias, con especialidad en Políticas Públicas del Instituto Iberoamericano de Desarrollo Empresarial (INIDEM).

Correo electrónico de contacto arturoismaelibarradavalos@hotmail.com

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