Ciudadanos Emergentes… La intolerancia política.

La intolerancia alcanza su más alto grado de expresión en los planos religioso y político. Es el marco mental, la raíz de donde brotan actitudes sociales, políticas, económicas o culturales, y conductas que perjudican a grupos o personas, dificultando las relaciones humanas.

By: Lic. Arturo Ismael Ibarra

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La intolerancia o ausencia de voluntad para tolerar algo, se materializa mediante actitudes peyorativas y hasta irrespetuosas, hacia las opiniones que difieren de las propias.  La intolerancia se define como la falta de habilidad y voluntad de tolerar algo.

La intolerancia alcanza su más alto grado de expresión en los planos religioso y político. Es el marco mental, la raíz de donde brotan actitudes sociales, políticas, económicas o culturales, y conductas que perjudican a grupos o personas, dificultando las relaciones humanas. Se podría, en consecuencia, definir como todo comportamiento, forma de expresión o actitud que viola o denigra los derechos del prójimo, o invita a violarlos o negarlos.

A menudo la intolerancia está ligada a manifestaciones de odio racial, nacional, sexual, étnico, religioso o a otras formas de comportamiento que discriminan a ciertas personas o categorías de personas. En sus encarnaciones o manifestaciones, consagran como valor superior, no a la persona con sus propias y diversas identidades, sino a la propia identidad enfrentada a la de los demás.

La Intolerancia se fundamenta en el prejuicio, un juicio previo que está basado en una generalización defectuosa e inflexible, estereotipo, que puede ser sentida o expresada y puede ser dirigida al grupo como un todo o a un individuo como miembro de dicho grupo; entre sus manifestaciones destacan la heterofobia o rechazo y exclusión del diferente, la subalternidad o categorización de inferioridad del considerado distinto y el etnocentrismo o consideración de superioridad cultural o étnico de un grupo frente a otros.

En una de sus obras más célebres, el gran filósofo de la política Norberto Bobbio escribe: “he aprendido a respetar las ideas de los otros, a detenerme frente al secreto de cada conciencia, a entender antes de discutir y a discutir antes de condenar. Y porque estoy en vena de confesiones, hago una última, quizá superflua: detesto a los fanáticos con toda mi alma” (Italia Civile, Florencia, Passigli, 1986).

De acuerdo con el pensador turinés, el fanático no admite más verdad que la suya, por lo cual renuncia a la comunicación y a la convivencia con quien considera -por cualquier razón- un ser diferente.

Para el fanático cancelar la existencia de la diversidad es el único camino para enfrentar el conflicto social. Cuando el fanatismo se basa en prácticas políticas que encuentran su sustento en la intolerancia, se convierten en una prolongación de los métodos de la guerra, ya que “la afirmación de uno supone la muerte del otro”.

De esta manera, la política se presenta como una extensión de la guerra que renuncia a concebir la vida como un sistema formado por una pluralidad de sujetos.

Los regímenes democráticos se establecen y consolidan como una alternativa concreta frente a la lucha de todos contra todos. Por tratarse de un sistema basado en el «conflicto» como elemento constitutivo de la naturaleza humana, el pensamiento liberal incorporó el reconocimiento legítimo de las posiciones contrastantes que debían ser toleradas, pero también estableció límites al conflicto mediante el establecimiento de un marco jurídico-normativo y de un conjunto de reglas políticas previamente convenidas.

Estas reglas de juego, si son democráticas, deben relativizar los valores políticos y sustituir la violencia por el voto y el debate. La concepción intolerante de la política considera que el adversario debe ser suprimido con el fin de salvaguardar la propia identidad. De este modo, los enemigos de un grupo se convierten en los enemigos del mundo. Éste es el clásico uso instrumental de la intolerancia política en épocas recientes.

La intolerancia política establece que el otro, o mejor, el adversario, debe ser anulado porque amenaza el futuro, y hace peligrar la realización y la identidad del grupo de pertenencia. El mecanismo es doble: “primero se construye la idea de que la propia identidad coincide con la totalidad del ser. Después se identifican los enemigos de esta identidad como los enemigos de la totalidad. Por lo tanto, los propios enemigos se convierten, inevitablemente, en los enemigos del mundo”.

Generalmente, quien ejerce la intolerancia política plantea con convicción que posee la verdad, considera que aquellos que piensan o se comportan de manera distinta están equivocados y, por lo tanto, merecen ser eliminados, ya que son enemigos y traidores del “status quo” y del orden imperante.

El punto crucial de la intolerancia política reside, justamente, en la construcción del enemigo, un razonamiento que es también una expresión radical de fanatismo. La intolerancia política se coloca por encima del individuo al privilegiar vínculos o pertenencias que tienen por única razón a un Estado, una iglesia, un partido o una secta.

Las nuevas ideologías de la intolerancia política amenazan con ser, irónicamente, similares a aquellas que impulsaron a los grandes perseguidores e inquisidores de los siglos XIV y XVI. Cuando se habla de las intolerancias políticas del pasado, con frecuencia se olvidan las intolerancias del presente. La intolerancia política se refleja en el choque frontal entre concepciones ideológicas caracterizadas por su dogmatismo y su incapacidad para comprender al otro.

Actualmente, los nuevos fanatismos están representados por la violencia ciega del terrorismo, por el fundamentalismo en todas sus versiones, por los regímenes teocráticos y autoritarios, y por los brotes de intolerancia racial surgidos en distintos países del mundo contra los migrantes que cruzan sus fronteras.

La figura del enemigo ha asumido la forma del extranjero, lo que da una imagen negativa de las personas clasificadas como “diferentes” por su aspecto físico o su cultura. En tal contexto, debemos recordar que la política tiene dos dimensiones: la primera hace referencia a una búsqueda del consenso y de la inclusión, mientras que la segunda plantea su ejercicio como una lucha intensa y apasionada, una pura y simple manifestación del poder como exclusión.

Dentro de esta última concepción, la guerra y la política expresan el carácter originario del antagonismo entre los individuos. Esta concepción muestra el lado oscuro y pesimista del ser humano, su tendencia fanática y dogmática, su sed de poder y su natural inclinación a la lucha de todos contra todos. Por el contrario, la tolerancia representa un nuevo equilibrio entre los discursos y las prácticas cotidianas.

En la intolerancia cultural no se aceptan costumbres y tradiciones de otras personas, de raza, de otra comunidad, sexualidad, municipio, región o país.

En este último sentido, la intolerancia resulta ser cualquier actitud plano de las ideas, por ejemplo, se caracteriza por la perseverancia en la propia opinión, a pesar de las razones que se puedan esgrimir contra ella. Supone, por tanto, cierta dureza y rigidez en el mantenimiento de las propias ideas o características, que se tienen como absolutas e inquebrantables.

Tiene por consecuencia la discriminación dirigida hacia grupos o personas (que puede llegar a la segregación o a la agresión) por el hecho de que éstos piensen, actúen o simplemente sean de manera diferente. Las múltiples manifestaciones de este fenómeno poseen en común la elevación como valor supremo de la propia identidad, ya sea étnica, sexual, ideológica o religiosa, desde la cual se justifica el ejercicio de la marginación hacia el otro diferente. El intolerante considera que ser diferentes equivale a no ser iguales en cuanto a derechos.

Podríamos distinguir también una doble vertiente en la intolerancia. Por un lado estarían los grandes casos de persecución a lo largo de la historia. Pero también es un fenómeno sutil que puede identificarse continuamente en cualquier entorno. La intolerancia, pues, tendría una segunda vertiente más cercana, la cual se halla presente en la vida cotidiana.

La intransigencia para con los demás, para con los diferentes escoge distintos objetos. En cualquier caso, siempre supone una diferencia respecto a lo considerado normal o correcto por quienes juzgan. Acá esperan ser resueltos y desarrollados muchos conceptos, empezando por aproximarnos a un metalenguaje en el que cualquier cultura quiera definir los términos o conceptos.

La intransigencia es la diferencia en el prójimo, ya se base ésta en características de género, culturales, ideológicas o religiosas, contra lo que arremete el intolerante. Formas comunes de intolerancia son el racismo, el sexismo, la homofobia, la intolerancia religiosa y la intolerancia política.

Ahora es buen momento para reflexionar sobre la tolerancia como un ejercicio de apertura mental que es fundamental para entender las razones de los demás y que tiene que ver con una virtud cívica de carácter democrático.

 

Arturo Ismael Ibarra Dávalos. Licenciado en Derecho por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Catedrático de la misma. Preside la asociación civil Bien Común Michoacán y la sociedad civil Por la Mejora en el Ámbito del Trabajo (Laborissmo). Es Secretario General del Foro Política y Sociedad.

 Correo electrónico de contacto arturoismaelibarradavalos@hotmail.com

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