Ciudadanos Emergentes… ¿La Ignorancia o la Violencia Gobierna?

¿Hay una universidad de la vida? Es fácil argumentar que la vida enseña. ¿Pero qué enseña? La vida como sistema educativo es injusta, desigual, ingrata y desafortunada.

By: Lic. Arturo Ismael Ibarra

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Ya lo dijo Bolívar, el hombre se educa primero en la casa, luego en la escuela y después en “la universidad de la vida” donde las dificultades, los obstáculos y los problemas deben enseñar a edificar el alma para servir con honestidad, amor y compromiso a su país.

¿Educamos en la casa? Es fácil decir e indilgar la primera educación a los padres, que, a su vez, no tenemos ni idea de cómo criar hijos, porque esa es una asignatura pendiente de orientar por el Estado. Educamos como nos educaron a nosotros –si es que tenemos padres-, y desde lo que ellos nos enseñan, reproducimos el modelo. Padres que nos llenaron la vida de creencias y paradigmas sospechosos, de costumbres amañadas, de miedos insanos. Y lo peor, cada día llegamos a la paternidad más jóvenes. Niños y niñitas que, si no son capaces de colocarse un condón, peor van a ser capaces de criar un hijo; que si no son capaces de tener sexo responsable, peor van a tener la responsabilidad de ser papás.

¿Educamos en la escuela? Es fácil endosarles la educación de nuestros hijos a los maestros, que como humanos normales tienen fallas y problemas que dañan en muchos casos la mentalidad del niño reproduciendo seres resentidos y sometidos al silencio, la obediencia y el miedo. El día que El Estado reconozca que la educación es su principal activo, ese día formará maestros para enseñar en “la prosperidad y el éxito”; y le pagará salarios justos a personas que no solo deberían enseñar contenidos, sino valores humanos para un mundo mejor.

¿Hay una universidad de la vida? Es fácil argumentar que la vida enseña. ¿Pero qué enseña? La vida como sistema educativo es injusta, desigual, ingrata y desafortunada. En la sociedad estamos reseñados entre ricos y pobres, entre blancos e indios, entre gentuza y gente, entre “sospechosos” y decentes, justamente por la reproducción de modelos sin fundamentos. ¿Quiere decir que los que están matriculados en las universidades de los pobres (porque no tienen otra oportunidad) se tienen que graduar de pobres?, ¿y los hijos de papi se van a graduar de…? A este ritmo, esta supuesta universidad va reproduciendo modelos realmente desconcertantes y fraudulentos.

Moldear espíritus para que se salven a sí mismos de las herencias de padres mal-educados no es fácil. Educar para tener responsabilidad con el medio ambiente, la sociedad y la familia no es fácil. Bolívar tenía razón sobre quiénes tenemos la responsabilidad de educar, el problema es que no sabemos cómo. La ignorancia nos gobierna, la misión nos está quedando grande.

Para el escritor Fernando Vallejo, el hombre debería dejar de reproducirse. “Estamos poblando el mundo de más seres mediocres, que no cuidan los animales y con mañas vergonzantes”. ¿Y por qué? Porque los modelos de educación cristiana y capitalista fracasaron y en vez de tener seres civilizados para construir y desarrollar bienestar, tenemos un mundo dañado por gente ignorante e incapaz. El hombre según Vallejo, se alejó de su destino, olvidó la misión en la vida, y se dejó seducir por la vanidad del bienestar consumista, que no es otra cosa que el sometimiento de nuestra mediocridad al egocentrismo para intentar triunfar sobre el otro, como sea y por lo que sea.

 

Si bien nuestro pasado no define cuál será nuestro destino, este nos sirve a manera de mapa con el cual avanzamos a paso firme por el territorio incierto que es la vida. En ella podemos encontrar el vasto camino trazado hasta el momento; con todas sus maravillas naturales que llenan a uno de regocijo y plenitud, así como sus valles áridos, sus bosques tenebrosos y demás locaciones que quisiéramos poder borrar de la memoria. Pero, ¿acaso llegaríamos a las maravillas más bellas sin haber aprendido a sobrellevar los caminos más difíciles? Son estos mismos los que nos dotan de la experiencia necesaria para saber reconocer un terreno que presenta peligro para nosotros y de esta manera evitarlo, tomando una ruta alterna que nos pueda llevar hacia un mejor porvenir.

La importancia de nuestros mapas mentales reside en las decisiones que las futuras generaciones tendrán que tomar con respecto a la dirección de nuestro país. El tiempo cura heridas, es inevitable, pero el problema está cuando también se lleva la cicatriz. Es así que el recuerdo de los errores cometidos se esfuma del consciente colectivo. Si las generaciones pasadas no cumplen su rol como tesoreros de la verdad, compartiendo objetivamente la información por medio de diferentes vías (entiéndase textos académicos, piezas audiovisuales, relatos de un domingo por la tarde con la familia, etc.) el mapa no reflejará de manera verídica el camino recorrido. Se tendrá una visión distorsionada de las cosas y no se podrá comprender en su totalidad cómo es que terminamos en el punto en el que nos encontramos, sea este bueno o malo. Porque, en su mayoría, los problemas actuales que tienen las sociedades los venimos arrastrando como un bagaje pesado y tortuoso, un tumor que tomamos por benigno y decidimos no dañarlo más. Imposible llegar a la causa del malestar sin saber cuáles fueron los síntomas.

Es cierto, son tantas las circunstancias que pueden alimentar la división y la confrontación; son innegables las situaciones que pueden llevarnos a enfrentarnos y dividirnos. No podemos negarlo. Siempre nos amenaza la tentación de creer en el odio y la venganza como formas legítimas de brindar justicia de manera rápida y eficaz.

Sin embargo, la experiencia nos dice que el odio, la división y la venganza, lo único que logran es matar el alma de nuestros pueblos, envenenar la esperanza de nuestros hijos, destruir y llevarse consigo todo lo que amamos.

Vivimos como en el pasado, como hace 50,000 años, dominados por las pasiones y por los impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el comportamiento cognitivo, sino por el emotivo y el agresivo en particular.

Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palo cortical, sustancialmente igual en los seres humanos que en otros animales. Los seres humanos aprendemos no porque se nos transmita la información, sino porque construimos nuestra versión personal de la información. Si cambiamos la forma de educar a los niños, es decir, de enfrentarnos a la vida, quizá cambiaríamos el mundo.

El ser humano es conflictivo por naturaleza, pero pacífico o violento por cultura. La violencia del ser humano no está en sus genes sino en su ambiente, de forma que la Biología resulta insuficiente para explicar la violencia. Nadie es pacífico por naturaleza.

La agresión es inevitable, no así la violencia. De lo que se deduce la importancia del momento socializante, educativo, formativo en la transformación o reproducción de las culturas (Jiménez, 2007: 99). O como señala el propio Johan Galtung (2003: 66): “Un acto violento implica tanto al cuerpo (agresión) como a la mente (agresividad); un acto pacífico también a ambos: el cuerpo (amor) y la mente (compasión)”.

Sin duda, la violencia es uno de los aspectos de nuestra vida que más nos preocupa, si no existiera probablemente ni siquiera hablaríamos de paz. Podríamos decir que la violencia es vivida como la ruptura de un “orden establecido”, de una armonía preexistente, de unas condiciones de vida en las que se realizan las expectativas de existencia de la especie humana. Desde esta perspectiva, la humanidad podría considerarse ante todo como “exitosa” por su capacidad de colaboración y cooperación para adaptarse y extenderse a los diversos ecosistemas del planeta, y, contrariamente, como “fracaso” por supeditar a sus actuaciones, a su voluntad, el resto de la naturaleza y las formas de vida (llegando a provocar incluso la extinción de la misma especie humana).

En nuestros días, puede ser que la violencia generada por estos comportamientos y los deseos desmesurados haya calado tanto en nuestras vidas privadas y colectivas, es decir, se haya vuelto tan cotidiana, que se debe hacer un gran esfuerzo para “comprenderla” en todas sus dimensiones y, a partir de ahí, intentar reducirla al máximo.

Sin embargo, la violencia no es “innata”, sino que se “aprende” a lo largo de nuestra vida. Así se ha encargado de señalarlo una y otra vez la UNESCO, en particular con el Manifiesto de Sevilla, en el que participaron 17 especialistas mundiales, representantes de diversas disciplinas científicas, mediante una reunión en mayo de 1986 en Sevilla, España. Dicho manifiesto ha permitido avanzar en la concepción de la violencia al considerarla un ejercicio de poder, refutando el determinismo biológico que trata de justificar la guerra y de legitimar cualquier tipo de discriminación basada en el sexo, la raza o la clase social. La violencia es, por consiguiente, evitable y debe ser combatida en sus causas sociales (económicas, políticas y culturales).

¿Qué sucede en nuestra realidad? En una sociedad compleja e industrializada, se exige a los ciudadanos un alto nivel de solidaridad, de identidad y pertenencia común, que requiere el sacrificio de los unos por los otros (idea central de Hobbes); luego, aparece Rousseau diciendo que el ser humano es pacífico por naturaleza, aunque su propio entorno se encarga de ir haciéndolo cada vez más violento. Como señala Nietzsche, “por influencia de sus experiencias y recuerdos de los que no se puede librar, suele admirar la neutralidad de los sentimientos, la objetividad, considerándola como algo extraordinario, casi genial y propio de una moral poco común. Ese tal no comprende que semejante neutralidad es también el resultado de la educación y del hábito” (Nietzsche, 1984: 101); esto constituye lo que se denomina paz neutra (Jiménez, 2009b y 2009c).

La paz es un concepto abstracto por naturaleza. Su definición como “ausencia de violencia”, no es sino una de las múltiples falacias históricas que se han heredado después de milenios de aplicación de los más bajos instintos humanos. En general, el mundo está sumido en la violencia. Nuestra realidad está cargada de violencia de todo tipo. De hecho, la violencia ha corrompido nuestras culturas y se ha integrado en gran parte de ellas. Existen formas de violencia que están condenadas, pero hay otras socialmente aceptadas.

Por último, entendemos la Investigación para la paz o los Estudios de la paz como un poder-saber para producir cambios sociales a favor de la convivencia pacífica de los seres humanos. Sobre todo, el poder crea conocimiento y el conocimiento crea poder, como Foucault señaló: “[…] el poder y el conocimiento se implican directamente el uno al otro; no hay relación de poder sin la correspondiente constitución de un campo de conocimiento, ni un conocimiento que no presupone y constituye el mismo tiempo relaciones de poder” (Foucault, 1979: 27). Por tanto, somos conscientes que el uso de un tipo de conocimiento especializado debería conllevar un uso del poder con igualdad y el trabajo por construir un paradigma pacífico.

Arturo Ismael Ibarra Dávalos. Licenciado en Derecho por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Catedrático de la misma. Preside la asociación civil Bien Común Michoacán y la sociedad civil Por la Mejora en el Ámbito del Trabajo (Laborissmo). Es Secretario General del Foro Política y Sociedad.

 

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