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Brújula descompuesta

Brújula descompuesta: la izquierda que chilla por la silla.

Por Rafa Escutia Garmendia.

Llegó el 1 de julio. México tuvo una jornada electoral histórica. Esta elección ha sido las más concurrida de todos los tiempos – por arriba del 60% del padrón electoral-;  la más vigilada –participaron más de 13 mil Observadores Electorales, 2 millones de militancia partidista; agrupaciones ciudadanas y movimientos compuestos en su mayoría por jóvenes; más de 900 medios extranjeros; además, esta fue la primer elección en donde los espacios en los medios de comunicación no pudieron ser comprados por los partidos y de manera equitativa, la Ley Electoral garantizó acceso en éstos para la difusión de las plataformas políticas –punto cuestionable, sin duda. Lo que usted y yo vimos fueron spots, no propuestas-.

Bajo ese contexto México consolidó su democracia procedimental pero no más. Es un hecho que hoy por hoy se cuentan los votos y se cuentan bien. Incluso y bajo los criterios de la Ley Electoral – que hacen y aprueban los partidos políticos-, se realiza recuento de votos. Hemos superado la prueba operativa pero no la fundamental: ¿cómo construir país a través de una u otra oferta ideológica-política? Es decir, en México se puede tener certeza de que pese acciones clientelares y nocivas de la praxis política, la democracia electoral a través del voto es real. El electorado mexicano vota/mos a favor o en contra de un partido o actor político pero no lo hace/mos aún, por un proyecto de nación y ello implica que no votamos desde una perspectiva de pensamiento o corriente ideológica.

El electorado mexicano ha podido hasta hoy – en su pueril democracia – vestirse de azul o rojo como un acto irreflexivo, emotivo y con demandas puntuales pero coyunturales. Por ejemplo: no más sangre. Empero, el voto no ha implicado participación activa organizada de largo plazo. Existen claro, organizaciones con casos de éxito y aunque loables, son los menos. Carecemos de una práctica cultural de organización aunque desde el terremoto de  1985 hay cambios.

Sin embargo, aún no nos hemos puesto de acuerdo en los puntos mínimos que debemos en conjunto atender. Votan/mos y participan/mos sí, pero coyunturalmente, no estratégicamente. A diferencia de los países europeos que después de la segunda guerra mundial y su debacle económica se vieron forzados a replantearse un sinfín de cuestionamientos, entre ellos el modelo político ¿por qué, para qué y cómo? México desde su revolución ha mantenido una misma línea de acción y pensamiento político: “llegar a…para hacer”. En lugar quizás, de “hacer desde donde se está e ir avanzando”.

Tampoco en nuestra incipiente democracia, existen proyectos políticos o económicos diferenciados per se. Con rojos y amarillos hemos tenido en mayor o menor grado la legitimización de valores morales, políticos, económicos y culturales como si se tratase de una agenda azul. Para ser más claros: nuestro modelo político-económico ha sido el mismo de siempre pese a tener opciones aparentemente diferentes. Aquí la pobreza de la izquierda. Si bien, el DF es una isla vanguardista, el tema central radica en la ambición revolucionaria de la izquierda: llegar para hacer. Prefiere llorar lo perdido, en lugar de cimbrar camino.

Hoy como en el 2006 llora una silla y casi con total indiferencia ignora una realidad y triunfo: serán segunda fuerza política en el Congreso de la Unión y al parecer tienen tan perdido el rumbo que insisten en llorar y desear lo que no tienen. Invierten toda su energía en demostrarle al mundo el infame trato y adversidades que deben vencer en su “lucha democrática” en lugar de transformar ese coraje en una visión, imaginación y proyecto que inspire y contagie esperanza. Lloran como infante lo que como adultos no han trabajado.

Foto: Adid Jiménez.

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