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JournalRebel…En defensa de las niñas feministas.

Debo reconocer que soy un caso medio raro. La mayoría de las chicas que conozco encontraron el feminismo en la Universidad, y tuvieron que pasar por un cambio grandísimo en sí mismas para llegar al punto donde están...

By: Itzia Ramos

«Aunque soy sólo una chica,

¿puedo cambiar vidas?

si soy nada, si estoy intentando

creo que puedo.»

Aurora, Daydreamer

Debo reconocer que soy un caso medio raro. La mayoría de las chicas que conozco encontraron el feminismo en la Universidad, y tuvieron que pasar por un cambio grandísimo en sí mismas para llegar al punto donde están. Yo tuve el privilegio de conocerlo desde muy chiquita, y mis decisiones desde ese momento temprano se vieron afectadas por él… no me puedo imaginar la fuerza que se requiere para hacer tal cambio ya en la juventud, incluso después, destruir el mundo como lo ves y reconstruirlo, y por eso les tengo un infinito respeto.

He dialogado con muchas morras que les gustaría haber crecido conociendo este mundo, argumentando que tal vez su experiencia habría sido menos dolorosa. Yo me muerdo la lengua, nunca supe cómo explicarles que incluso así, que me explicaron todo con manzanas, que jamás fui reprimida en casa… la mía no había sido exactamente un camino de flores.

Y es que en este país, en este sistema, salirse de lo impuesto no es sencillo, en ningún momento de nuestras vidas. Admito que le sufrí mucho. Había días donde me encerraba a llorar después de tanto cuestionamiento; incontables momentos donde, como diría Blythe Baird, metí mi feminismo en mi bolsillo y callé, porque estaba cansada de explicarme. Me sentía terriblemente sola, culpable, enojada conmigo misma por no poder ser como las personas a mi alrededor.

Intenté esconderlo con todas mis fuerzas (aunque no lo parezca), ser menos política, más amable y callada, más fácil de digerir, pero no podía. Era como pedirle a un pájaro que no volara. Existía, encajando perfectamente, pero más infeliz que nunca. Así que decidí seguir, aunque fuera sola.

Toda mi vida sentí que le estaba gritando al vacío. Que era un grano de arena insignificante que no hacía ningún cambio. De alguna manera, no sé cómo, jamás perdí la esperanza. Entonces un día pasó.

Comencé a notar cosas pequeñas. Preguntas de mis amigas. Niñas que me leían. Morras pidiéndome ayuda, diciendo «sé que tú no me vas a juzgar». Mi hermano pequeño diciéndole a su amigo que los colores no tienen género. Entendí que yo no tenía todo el crédito, pero que a veces sí dejaba una pequeña huellita. De la misma manera que la valentía de otras mujeres en mi vida había permeado en la vida, estaba pasando pequeños pedacitos de ello a las personas a mi alrededor.

Todo había valido la pena. Todo.

Estoy completamente a favor de que las niñas crezcan con el feminismo. Que sean activistas si lo quieren. Tal vez, más que nada, porque en su momento habría dado todo lo que fuera para tener a alguien que me entendiera, y no quiero que ninguna niña tenga que pasar por lo que yo pasé. Que el feminismo sea algo tan normal, que no sean tratadas diferente.

Quiero que tengan amigas, que deje de existir esa rivalidad entre grupos de chicas. Quiero que no sean víctimas de acoso escolar, es más, que sean ellas quienes defiendan a las otras personas. Que crezcan sin miedo, que griten fuerte y canten desafinado y bailen mucho. Las quiero seguras de sí mismas. Las quiero libres. Las quiero vivas.

Y es en ellas en quien voy a pensar el domingo, cuando esté en la marcha. Por ellas es quien voy a gritar hasta quedarme afónica. Por ellas voy a parar el lunes, y por ellas me seguiré levantando cada día, resistiendo. Me niego a irme de este mundo sin dejarles uno donde sea más fácil vivir, aunque sea un poco, un mundo donde sus derechos sean respetados y sus vidas valoradas.

A las niñas feministas que leen esto: Sé que es difícil vivir cuando luchar por lo que crees es suficiente para que el mundo te aísle. Me gustaría poder ver a cada una de ustedes a los ojos y darles un abrazo gigante, gigante, hasta que ya no les duela nada; me conformo con decirles que son valiosas, son fuertes y son geniales. Nunca crean lo contrario, nunca duden: ustedes tienen la razón. Me siento afortunada de vivir en el mismo mundo que ustedes.

Gracias por existir.

Itzia Ramos, estudiante de preparatoria, feminista. Ferviente defensora de la libertad y de los tacos al pastor con piña. Escribe poesía en su tiempo libre.

 

 

 

 

 

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