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Journal Rebel…Miedo (35,964)

Desde el momento que salí del vientre de mi madre estaba destinada, como cualquier otra persona que nació en estas tierras, a una vida de miedo y desconcierto. Se encontraría siempre ahí, en el ruido de la televisión de fondo, en las lágrimas de la vecina cuyo hijo no regresa, en los titulares del periódico que aquel joven te enseña mientras caminas.

By: Itzia Ramos

ITZIA
«¿Cómo se supone que aprenda a vivir como si nada pasara?» es un pensamiento que pasa mucho por mi mente. La verdad es que a veces no se ve tan difícil: basta con adquirir una visión de túnel y despojarme de mi consciencia un rato, pretender que las cosas están «bien». El único problema es que no es cierto. Desde el momento que salí del vientre de mi madre estaba destinada, como cualquier otra persona que nació en estas tierras, a una vida de miedo y desconcierto. Se encontraría siempre ahí, en el ruido de la televisión de fondo, en las lágrimas de la vecina cuyo hijo no regresa, en los titulares del periódico que aquel joven te enseña mientras caminas.  Aprendería a ser cuidadosa con lo que digo, lo que hago, lo que visto y lo que escucho, a llevar las llaves entre mis manos cuando salgo a la tienda o a cruzar la calle cuando veo a alguien con cara «sospechosa» (aunque ya no sepa ni lo que eso significa). Repasaría en mi mente lo que me hace vulnerable: soy chica, soy mujer, soy estudiante. Le agregaría la palabra «activista» a la lista, cuando saliera a gritar a las calles y aprendiera a darle un uso práctico a la impotencia que mi corazón acumula, pero siempre hay un día siguiente. Y me levantaría, borrando poco a poco de mi memoria la idea de que no todo aquí está bien.


Según el INEGI, el 2018 fue el año más violento para México en tres décadas. 35,964 homicidios fueron registrados (sin contar las cifras negras). Suelo ser muy constante sobre cómo una cifra parece mucho más pequeña de lo que en realidad es: con esto se podría casi llenar el estadio Morelos. Tan sólo en Michoacán se cometieron poco más de 5 homicidios al día.

Como mexicana, como una niña que tenía tres años cuando inició la guerra contra el narco, la desconfianza y el miedo se han convertido en un reflejo natural. He crecido en un país resignado a la caída, en una posición donde yo no sabía que era anormal vivir en una crisis constante o una ola de violencia tras otra: me tomó diez años darme cuenta que no todo el mundo funcionaba así y estoy segura que no soy la única. Pero vivo en una generación que imita los patrones de sus predecesores: una parálisis que se limita a la profunda indignación, un individualismo casi inherente que ciega a las necesidades del otro, una infinidad de oportunidades que se transforma a echarle la culpa al que no tiene y no puede por estar en el hoyo que el sistema le cavó al nacer. No entendemos que si estamos una posición donde nuestras necesidades básicas están resueltas, nuestra responsabilidad moral es ayudar a quienes no están en nuestra posición (he escuchado «ningún ley me obliga a ayudar» más de lo que me gustaría).

El verdadero amor a la patria se trata de más que cantar el himno nacional y saludar a la bandera cuando nos toque verla pasar, es gritar hasta que les duelan los oídos a quienes tienen la pluma para cambiar las cosas (por ejemplo). Nuestra cultura por naturaleza es solidaria en tiempos de desastre, y tal vez haríamos más si entendiéramos que vivimos en un desastre perpetuo: más personas salieron directamente afectadas por la violencia este año que por cualquier terremoto.

Así que, ¿qué estamos esperando? ¿que alguno de nuestros familiares aparezca en una bolsa en la carretera y se convierta en otra estadística, otra nota roja? ¿o que eso nos pase primero?
Estoy cansada de tener miedo, y haré todo lo que esté en mis manos para que la siguiente generación no tenga que cargar con eso. ¿Qué harás tú?
Itzia Ramos, estudiante de preparatoria. Ferviente defensora de la libertad y de los tacos al pastor con piña. Escribe poesía en sus tiempos libres.

 

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